
"Levántate, coge al niño y su madre y huye..." (Mt 2, 13) Sí, una vez más la figura entrañable del santo patriarca ocupa un primer plano en la liturgia. El domingo pasado contemplábamos su humildad y su fortaleza, su aceptación rendida a los planes de Dios y su reciedumbre en llevarlos a cabo. Hoy podemos fijarnos en otros aspectos de su conducta con el deseo, y la súplica al Señor, de hacerlos vida de nuestra vida. Esos aspectos pueden ser, por ejemplo, su fe y su laboriosidad, su visión sobrenatural de lo que ocurría y su esfuerzo humano para afrontar aquellas difíciles circunstancias, su confianza absoluta en el poder divino y su afán por poner cuantos medios estaban a su alcance.
Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, entonces, en aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo Alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, antes al contrario cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.
Pero cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí reinició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que no, por ser sagrada, carecía de dificultades.
Con su vida escribió entonces, junto con María y Jesús, las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y vivió durante treinta años unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros. Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.