
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él. El único motivo por el que el Dios Padre envió su Hijo al mundo fue el amor. No lo envió para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El amor siempre intenta salvar, nunca destruir. También Dios nos ha enviado a cada uno de nosotros a este mundo para que intentemos salvarlo, en la pequeña medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestros esfuerzos para construir un mundo mejor nos van a suponer trabajo y dolor, pero este sí es un dolor que Dios quiere, porque se trata de un dolor redentor, fruto del amor. Este dolor, esta cruz, sí la quiere Dios para los discípulos de su Hijo.
Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo... hasta someterse a una muerte de cruz. Así lo entendieron y así lo practicaron también tantos santos y santas cristianos que, por amor a Dios y al prójimo, entregaron lo mejor de sus vidas al servicio de los más pobres y marginados. Supieron despojarse de su rango burgués y acomodado para intentar salvar a personas a las que la sociedad no les había dado ninguna otra posibilidad de salvación humana y cristiana. Cada uno de nosotros puede poner los nombres y apellidos que más prefiera, para recordar a tantas personas cristianas que, a lo largo de la historia, escogieron la pobreza y la marginación para salvar a los más pobres y desheredados de la tierra. A todos ellos, como a Cristo, queremos exaltarles nosotros ahora en la cruz de su dolor redentor, fruto y consecuencia de un inmenso amor.
























