
Cuando Dios se hace hombre, Jesucristo se presenta cómo la Palabra del Padre, pero una palabra definitiva, absoluta e inmensa que resuena sobre el universo, declarándonos el amor sustancial de Dios. Resuena en los ambientes de aquel tiempo y hemos de hacerla resonar entre nosotros, hasta los confines de la tierra.
Aparece Jesús de Nazaret como hijo de mujer, hermano, peregrino, visitante que acampa entre nosotros, necesitado, vecino, compañero de viaje.
La luz de Dios se revela en Jesucristo. Pero también se opaca. De lo contrario no la podrían soportar nuestros ojos.
Aquel día la Sabiduría de Dios se redujo a esquemas humanos: Al idioma arameo, al culto israelita, a la geografía de Palestina, al paisaje de Galilea, a la escuela de Nazaret, a la historia que enseñaba por las tardes Rabí Isacar, añorando el pasado.
La bondad de Dios, para llegar a nuestro entendimiento, se vistió de formas humanas. Su belleza se ocultó detrás de la hermosura limitada del mundo, de las cosas.
Desde entonces el Creador comenzó a hacerse presente en todos los signos que delatan amor y bondad. En la simpatía de un rostro amable, de un gesto oportuno, de una mirada comprensiva. Por todo ello podemos afirmar que Jesús es la Palabra del Padre.
San Juan comprendería todo esto mejor que nosotros: “En el principio ya existía la Palabra y la palabra estaba junto a Dios”. “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.
Para los cristianos de hoy esa Palabra del Altísimo resuena en la conciencia de cada creyente. Pero también en la liturgia de la Iglesia y en la comunidad cristiana. Escuchémosla.













