
Tal vez no es el caso de pedirle a Jesús que nos sane los oídos y la lengua, pues muchos de nosotros hablamos más de lo necesario. Y escuchamos aún lo inoportuno. Pero sí valdría que el Señor nos enseñara a comunicarnos correctamente.
Bien sabemos que la comunicación es la herramienta que construye o destruye las comunidades y, puntada a puntada, va tejiendo la historia. Adaptando el texto de Santiago podemos afirmar que “con ella bendecimos al Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca proceden la bendición y la maldición”.
Sin embargo, para una auténtica comunicación no basta el diagnóstico positivo de un fonoaudiólogo, o el ruido concertado de las palabras. Es necesario algo más hondo: Una actitud del alma. Sobre esta comunicación, que se apellida diálogo, el papa Pablo VI, hijo de un periodista y él mismo calificado escritor, en su encíclica “Ecclesiam Suam” nos enseña que dialogar, no es tanto hablar al entendimiento, como escuchar el corazón.
La verdadera comunicación, además, ha de ser transparente, libre de torcidas intenciones. Afable, nunca orgullosa e hiriente. Llena de confianza en su capacidad de anudar los espíritus. Y de modo especial, prudente, teniendo en cuenta las condiciones sicológicas del interlocutor. Pero, al igual que en música, para una auténtica comunicación cuentan notablemente los silencios.








