
En cierto modo, nosotros también somos como Pedro. No entendemos bien, pero hemos empezado una vez más la Cuaresma. No sabemos bien por qué, pero nos hemos puesto la Ceniza y, seguramente, el viernes ya no comimos carne. Estamos en la Eucaristía, en este Tabor donde Jesús nos sale al encuentro cada domingo, pero a veces nos vamos sin haber “conectado” con Él, sin haber descubierto su verdadero rostro resucitado. Y nos quedamos con los momentos trágicos de su vida, que viviremos con cierta intensidad en la Semana Santa, porque nos mueve la compasión y el ver el sufrimiento del “pobre Jesús”. Y como Pedro y los discípulos en el Tabor, nos perdemos “lo mejor de la fiesta”, quedándonos embobados y sin darnos cuenta de que lo que Jesús nos quiere decir es que el final es la Pascua, la RESURRECCIÓN, y eso es lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida y a nuestra fe. “Nosotros somos ciudadanos del cielo –dice San Pablo--, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo”. Esa es la META verdadera de este CAMINO al que llamamos CUARESMA.
Al final las palabras del Padre les devuelven a la realidad, pero aún así “guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto”. Y el Padre viene a dar testimonio y a avalar a su Hijo Jesús, y quiere hacerlo hoy también en lo más profundo de nuestro corazón. “Ese es mi Hijo, ¡escúchale!, aunque lo veas como un siervo, humillado, maltratado, crucificado como un maldito, rechazado, sufriente… ¡¡ESE ES MI HIJO!!”.
Que nuestra Cuaresma sea un continuo mirar a Cristo. Él es nuestro verdadero Tabor; en Él brilla toda la gloria de Dios. En Él Dios y el hombre se encuentran, se escuchan, se aman. Nuestro Tabor es la Eucaristía porque en ella está Cristo desvelándonos su verdadero rostro resucitado y vivo en medio de nosotros. Es el lugar de encuentro de los hermanos, y tienen un sitio preferente los que sufren, los más pobres, lo que están tirados al borde del camino. No pasemos de largo y hagamos de esta Mesa la Mesa de todas las personas.