
CRISTO PRESENTE EN EL HOMBRE.
La realeza de Jesucristo quedará manifiesta de forma plena y definitiva al fin de los tiempos. Todo el esplendor de su gloria se desplegará ante el asombro de la Historia. Muchos se mofaron de este Rey crucificado, muchos ridiculizaron su Reino que estaba en el mundo sin ser del mundo. Otros rechazaron su soberanía, la avasallaron imponiendo por la fuerza y el engaño leyes que le eran contrarias. Todo eso habrá terminado.
El príncipe de este mundo, el padre de la mentira, el que es homicida desde el principio, quedará al fin derrocado. Los ángeles proclamarán como en Belén el "Gloria a Dios en las alturas". Pero ya no será como entonces, de forma callada y en el silencio de la noche, perceptible sólo para unos pastores. El día en que él vuelva, el canto que lo anuncie será clamoroso, una sinfonía a toda orquesta que será oída hasta el último rincón de la tierra.
Con gran majestad, sobre las nubes, descenderá de lo Alto. Un espectáculo único e irrepetible, imposible de imaginar con los cortos vuelos de nuestra imaginación. Vendrá como juez supremo para juzgar a vivos y a muertos, para establecer la justicia, mil veces desquiciada por la maldad de los hombres. Se terminará para siempre el eclipse de Dios, su silencio ante esa situación anómala del triunfo de los soberbios y la opresión de los humildes.
Es cierto que ese diálogo entre Cristo juez y los hombres, que el evangelista nos describe, no es más que un muestrario abreviado de la escena final. Pero es más que suficiente para estimularnos para contemplar la vida, los hechos, las cosas y las personas, con mirada de fe. Sobre todo a las personas. Saber descubrir tras el rostro de todo ser humano el rostro de Cristo. Apreciar la presencia de Jesús en cada hombre, que nos extiende su mano, o nos pide ayuda con una mirada, sin atreverse quizás a pedirla con palabras. Sólo así nuestro Rey y Señor nos llamará al Reino de su Padre, diciéndonos que cuando tuvo hambre le dimos de comer, o que cuando estuvo solo le acompañamos, o que cuando todos le despreciaron nosotros le sonreímos y le saludamos. Sí, no lo olvidemos nunca, Cristo está presente en cada uno de los que se cruzan en el camino, o lo recorren junto a nosotros.