
Perdonar siempre, como Dios nos perdona a nosotros.
La deuda con el rey que presenta el relato de evangelio de hoy es sencillamente fabulosa para los oyentes. Diez mil talentos es una cifra difícil de traducir a nuestra moneda. Es una cantidad enorme. Por el contrario, lo que se le reclama al compañero es una miseria. La diferencia entre una y otra es abismal. Así las cosas, el siervo perdonado podría tener todas las razones legales del mundo para condenar a su compañero, pero su actuación queda como moralmente inaceptable. Pablo pide en muchas ocasiones a quienes forman parte de la comunidad que tengan entrañas de misericordia; pues bien, este siervo se comportó como quien no las tiene: sin corazón. Lo más significativo del perdón no es la remisión de una pena merecida, sino el hecho de que el amor de quien perdona se ve más claramente como inmerecido. El amor de Dios es algo de bastante más valor que la fabulosa cantidad que cita la parábola y, sin embargo lo tenemos siempre con nosotros. Somos ante él como deudores insolventes perdonados. Él es "padre de las misericordias", el "amor de los amores", reza un canto eucarístico tradicional, la fuente del darse. El Dios de Jesús es amor. Que Dios es fuente de la misericordia quiere decir que nuestro perdón y nuestra solidaridad con los demás son la consecuencia y no la causa de que El nos perdone. Pero, como cualquier otro tipo de realidad que mana de una fuente, requiere que no se estanque en nosotros, sino que corra hacia los demás a través de nuestra actuación. Pedro entiende que Jesús le pide que sean generosos para perdonar hasta siete veces. Sin embargo, Jesús quiere que perdonemos siempre. Si el número 7 significaba ya la perfección, Jesús quiere en este punto la perfección de la perfección. El perdón cura y trasforma al que perdona y al que es perdonado.






