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XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 12, 38-44)

LA GENEROSIDAD DE LOS POBRES.-"... ha echado todo lo que tenía para vivir" (Mc 12, 44) Aquellos escribas hacían de su oficio un honor y no un servicio. Es cierto, y lo dice la Escritura, que quienes presiden y quienes enseñan a los demás merecen un doble honor. Pero ese honor y ese respeto ha de venir espontáneamente de quienes reciben la enseñanza, y nunca buscado ni exigido por quienes la imparten. Así, pues, a nuestros maestros y guías les debemos veneración y docilidad. Por el contrario, a quienes enseñamos -hay muchas maneras de ser maestro en la vida- debemos dedicar nuestro tiempo y nuestros desvelos, un servicio desinteresado y generoso, que sólo procure el bien de aquellos que el Señor, de un modo u otro, nos ha confiado.
Si no actuamos así, dice el Señor, recibiremos una sentencia más rigurosa. Es lógico que sea así. Si cumpliendo con el deber de enseñar a otros merecemos un premio especial, también será de especial el castigo si descuidamos tan grave obligación como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina, aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad.
En el texto evangélico de hoy, Jesús con sus discípulos, como tantas otras veces, está sentado en los atrios del Templo. El Señor toma ocasión para impartir su enseñanza de un hecho que, quizá para muchos, pasó desapercibido. Entre aquellos que echaban grandes limosnas, casi oculta entre la muchedumbre, una pobre viuda echa también su humilde limosna, dos céntimos se podría traducir. Una insignificancia en fin, sobre todo en comparación con las grandes sumas que otros echaban.
Y, sin embargo, a los ojos de Jesús, o lo que es lo mismo a los ojos de Dios, aquella modesta limosna valía más que la de los otros. Estos echaban mucho al parecer, pero echaban de lo que les sobraba. En cambio, la pobre viuda daba cuanto tenía, que además, le era necesario para sobrevivir. Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor de Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojalá lo entendamos y lo practiquemos, ojalá seamos tan generosos como la pobre viuda, capaces de darlo todo.
XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 10, 35-45)

Qué atrevidos son los jóvenes, qué osadía suelen tener. Eso explica, aunque no justifique, la actuación de los hijos de Zebedeo. Juan desde luego era muy joven, y probablemente también lo sería su hermano Santiago. Ante el estupor y la indignación de los demás apóstoles, "los hijos del trueno" se atreven a pedir al Maestro los primeros puestos en el Reino, ocupar como principales ministros del gran Rey los sitiales de la derecha y el de la izquierda.
"No sabéis lo que pedís -les recrimina Jesús-, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?". Ellos contestaron sin vacilar: "¡Podemos!” El Maestro debió sonreír ante aquellos nobles deseos, tan llenos de ingenuidad. Jesús, como siempre, les habla con claridad de las dificultades que supone el seguirle: Beberéis mi cáliz, sufriréis por amor a mí, pero esos puestos ya están reservados para otros.
Al parecer, esa contestación no les desanima en su afán de seguir a Jesucristo y continuarán cerca de él, amándole con toda el alma, sirviéndole hasta el fin de sus vidas, abriendo y cerrando la serie de los doce apóstoles que morirán en servicio del Evangelio. Así, Santiago el Mayor será el primero en morir, mientras que Juan será el último del Colegio Apostólico que morirá, dando testimonio de lo que vio hasta el momento final de su vida, bebiendo día a día, sorbo a sorbo, aquel cáliz de gozo y de dolor que el Señor les había prometido.
La atrevida petición de los hijos de Zebedeo da pie al Maestro para enseñar a los Doce, y a cada uno de nosotros, que en el Reino de Dios no se puede buscar la gloria y el honor de la misma forma a como se consigue en los reinos de acá abajo, en que los ambiciosos, o los malvados sin escrúpulos, suelen escalar hasta la cima de los primeros puestos, para aprovecharse luego de los demás y enriquecerse a costa de unos y de otros. En el Reino de Dios para triunfar hay que humillarse antes, para llegar a reinar con Cristo primero hay que pasarse la vida sirviendo.
"El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos". Esa es la doctrina sublime y misteriosa del divino Maestro. No hay otro camino ni otra fórmula. Ese es el itinerario que Cristo, nuestro Dios y Señor ha marcado con su misma vida. Él, siendo quien era, no consideró codiciable su propia grandeza divina y se despojó de su rango hasta hacerse un hombre más. Incluso, dentro de su condición humana, tomó la forma de siervo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Su humillación fue suprema y única, un camino claro, decidido y generoso para que nosotros lo recorramos con abnegación y con gozo.
XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 10,17-30)

El Señor responde a aquel muchacho que tantas ganas tenía de ser perfecto. Primero es preciso cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Ese es el principio, los cimientos sobre los que hemos de edificar nuestra amistad con Dios. Nadie, en efecto, puede ser amigo suyo y al mismo tiempo no cumplir sus mandatos. Eso sería una paradoja, un absurdo, una mentira. Vosotros sois mis amigos nos dice Jesús, si hacéis lo que os mando.
Pero ese muchacho quiere más, su espíritu anhela volar alto, llegar hasta la cima más elevada de la perfección. Al verle tan audaz y entusiasmado, Jesús le mira con amor. El Señor gusta de corazones apasionados, capaces de grandes sueños, de proyectos imposibles e ilusiones juveniles, de espíritus con aire deportivo que luchan por llegar lo más arriba posible en el itinerario hacia Dios. Lástima que este muchacho se echara atrás en el momento decisivo. Su mirada clara y luminosa se ensombreció, su corazón joven envejeció de pronto, se anquilosó. El que vino con tanta urgencia se quedó parado en su marcha hacia adelante, se retiró entristecido. El que hubiera sido quizá otro discípulo amado, otro apóstol apasionado y valiente, se quedó enmarcado en ese personaje triste que dijo que no a la llamada de Dios.
También hoy pasa Jesús por nuestras calles, también hoy muchos corren tras de él con el corazón cargado de ilusiones y de buenos deseos. Como entonces, hay quienes le siguen después de haberlo abandonado todo por él, encontrando luego cien veces más de cuanto dejaron. Otros, como el joven rico, se echan atrás cuando oyen la voz del Señor que los llama a una vida abnegada y generosa, se quedan tristes y aburridos, agarrados a esas riquezas caducas que de poco les servirán.
XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 10,2-16)

Cuando vemos el panorama del mundo (familias rotas, maltratos de mujeres y de hombres, niños que han perdido el brillo de sus ojos por trágicas separaciones matrimoniales) podemos llegar a concluir que no es posible convivir. Que es mejor entender el amor (que es muy distinto del placer) como algo eventual, pasajero.
En una ocasión, una pareja, fueron a formalizar sus papeles con el sacerdote y, para ello, llevaron a sus correspondientes testigos. Cual fue la sorpresa del cura cuando, al animarles y recordarles la fidelidad, uno de los testigos irrumpió: “bueno, padre, y si no siempre está la posibilidad de divorciarse ¿no?”. Y es que, la sociedad, nos mete como puede y a todas horas que, el convivir, es cosa de cuatro. En cambio, la realidad, es muy distinta. Nos encontramos con miles, con millones de matrimonios que teniendo como fundamento sólido el amor, lo defienden y lo guardan desde el perdón, la tolerancia, la acogida, la humildad y por supuesto con el resorte de la fe.
Es bueno recordar, que el amor humano, es un destello del AMOR DIVINO que baja del cielo. Si lo entendiésemos así, en multitud de ocasiones, cuando fallan algunas cosas, recurriríamos constantemente a ese maná de donde nació ese deseo de vivir y permanecer juntos hasta el final de la vida.
El gran desvelo de Dios, su gran anhelo (que los hombres convertimos en utopía) es que transformemos el mundo, nuestro entorno, nuestros lugares de trabajo en una inquebrantable familia. No faltarán las incomprensiones, las presiones, las burlas “mirad qué hacen esos”. Pero es que, lo distintivo del amor cristiano, no es ser aplaudido por el mundo sino que sea referencia para una sociedad que ha perdido el rumbo.
En estos días, aquí en España, saltaba una polémica a consecuencia de unas fotos de las hijas del Presidente de la Nación realizadas en su visita a Norte América. “Había que preservar la intimidad de dos menores”. Pero luego, la vara de medir, no es la misma para que, los menores, consulten a sus padres si desean abortar o no, o a la hora de valorar y preservar la vida de tantos inocentes que mueren antes de nacer.
A lo dicho. En la sociedad algo no funciona bien. Hemos perdido el norte. Y, cuando se pierde el norte, se establece un divorcio entre el bien común y las personas para irrumpir con fuerza el capricho, el todo vale….pagándolo siempre los más débiles.
Si Dios, que es amor, se manifiesta en diversas maneras a través de las personas, de los matrimonios, de una conciencia bien formada…..los cristianos tenemos como misión no romper, bajo ningún concepto, algunas reglas mínimas en nuestra convivencia. Entre otras cosas porque, unir, es difícil. Separar o romper, es cuestión de segundos.
XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 9,38-43.45.47-48)

¿Cuál es el mayor escándalo de nuestro mundo? Jesús denuncia el abuso, el maltrato y el mal ejemplo dado a los niños. La sociedad está muy sensibilizada ante el maltrato de los menores de edad, pero nuestros niños están hoy más desprotegidos y amenazados que nunca por el bombardeo de unos mensajes que destruyen su inocencia. Hay muchos escándalos: uno de los mayores es que permanezcamos impasibles ante la lacra del hambre y de la injusticia que lo provoca. Y lo peor de todo es la “justificación” o la connivencia con situaciones injustas. Santiago en su carta utiliza palabras duras, los Padres de la Iglesia también denunciaron con palabras severas la injusticia. Hoy sigue habiendo pobres, no hace falta más que ver las colas que se forman en las oficinas de empleo, o en los despachos de nuestras cáritas parroquiales. Hay falsos cristianos, que sin embargo defraudan el jornal debido al trabajador, que regatean el salario justo al inmigrante desprotegido o le niegan cualquier tipo de seguro. Eliminemos de nuestra vida nuestras inconsecuencias y, sólo entonces, dejaremos de escandalizar.
XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 9, 30-37)

Los creyentes en Jesús estamos llamados a ser humildes para servir. Cuando los cristianos hablamos de "opción preferencial por los pobres" no estamos haciendo literatura barata, sino estamos constatando la presencia del Señor en los más débiles y desposeídos. Un servicio desinteresado a los otros, en especial a los más débiles y pobres de nuestro mundo. Tenemos que aprender a despegarnos de nuestros egoísmos y pequeñas apetencias, para comprender el misterio de Cristo. Los discípulos querían el prestigio, el reconocimiento humano y el hacer carrera, no el servicio a los demás. El Reino de Dios es un reino de servidores de los demás. ¡Cuántas veces en nuestras comunidades vemos hermanos y hermanas que van buscando reconocimiento humano a su tarea! La Iglesia no debe parecerse a las estructuras civiles, si lo hace alejará el modelo de Cristo de su ser comunidad convocada por Jesús. Ciertamente, en la Iglesia tendrá que haber una autoridad y una organización, pero el comportamiento tendrá que ser muy diferente a la autoridad profana. En el mundo de la fe la autoridad es servicio. Servir para ser el más grande, ese es uno de los mensajes más importantes que nos dejó Jesús. Su ejemplo fue más allá, Él no hizo solamente obras buenas sino que se entregó a sí mismo en el mayor acto de servicio a los demás, y en su entrega alcanzamos la salvación. Humildad y servicio, dos aspectos del amor al que Dios nos invita. En este comienzo de curso, debemos programar nuestra vida para no buscar la notoriedad o el sobresalir, sino hacer las cosas calladamente con espíritu de servicio, buscando siempre el bien de los hermanos.
XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 7, 31-37 )

Tal vez no es el caso de pedirle a Jesús que nos sane los oídos y la lengua, pues muchos de nosotros hablamos más de lo necesario. Y escuchamos aún lo inoportuno. Pero sí valdría que el Señor nos enseñara a comunicarnos correctamente.
Bien sabemos que la comunicación es la herramienta que construye o destruye las comunidades y, puntada a puntada, va tejiendo la historia. Adaptando el texto de Santiago podemos afirmar que “con ella bendecimos al Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca proceden la bendición y la maldición”.
Sin embargo, para una auténtica comunicación no basta el diagnóstico positivo de un fonoaudiólogo, o el ruido concertado de las palabras. Es necesario algo más hondo: Una actitud del alma. Sobre esta comunicación, que se apellida diálogo, el papa Pablo VI, hijo de un periodista y él mismo calificado escritor, en su encíclica “Ecclesiam Suam” nos enseña que dialogar, no es tanto hablar al entendimiento, como escuchar el corazón.
La verdadera comunicación, además, ha de ser transparente, libre de torcidas intenciones. Afable, nunca orgullosa e hiriente. Llena de confianza en su capacidad de anudar los espíritus. Y de modo especial, prudente, teniendo en cuenta las condiciones sicológicas del interlocutor. Pero, al igual que en música, para una auténtica comunicación cuentan notablemente los silencios.
XXII Domingo del Tiempo Ordinario (MARCOS 7,1-8,14-15.21-23)

Estar cerca de los otros y no “separados”. Los fariseos del Evangelio de hoy se creen los mejores. Se consideran los practicantes irreprochables, virtuosos, sin fallos. Pero a Jesús no le convencen y, por eso, les pone en entredicho delante de todos. Señala que sus prácticas son inútiles y perjudiciales. Se encierran en sí mismos, en lugar de avanzar hacia Dios y hacia el prójimo. Se consideran puros, “separados”, que es lo que significa la palabra “fariseo”. Endurecen su corazón y no dejan que Dios entre en él. Están equivocados…Los actos religiosos, aunque se practiquen con fervor, no valen para nada si no estamos cerca de los otros. Servir a Dios es también abrirse a la los otros, sean de la condición que sean. Los fariseos, en cambio, se separan de los otros y creen servir a Dios.
Lo que importa es lo que sale de dentro. Posiblemente pocas cosas nos resultan más desagradables de algunas personas como notar que su conducta no responde a los sentimientos de su corazón. También hoy, como hace veinte siglos, podemos dar demasiada importancia a ciertas rutinas en el trato o en el comportamiento en general, que se supone son propias de personas educadas, honradas, trabajadoras, veraces, amantes de la libertad... Puede suceder, y a veces lamentablemente sucede, que nos quedemos casi solamente en cuidar las formas, desentendiéndonos de si esas actitudes nuestras manifiestan auténticas realidades personales Es actual en el hombre el pecado de hipocresía; porque la autenticidad de cada uno, para bien o para mal, está en el corazón. Alentemos, pues, sentimientos generosos, de honradez, de justicia. Lo que sale de dentro del corazón es lo que importa.
XXI Domingo del Tiempo Ordinario (JUAN 6, 60- 69 )

Jesús te pregunta: ¿También tú quieres dejarme y marcharte? En la vida de todos los seguidores de Jesús, hay un momento en que se plantea un interrogante parecido al del Evangelio de hoy. ¿Continuamos adelante con Jesús a pesar de que sus palabras parecen duras, o damos media vuelta y le abandonamos? A veces nos cansa ser buenos, nos aburre ser justos, nos hastía poner la otra mejilla, queremos ser como todos, nos asaltan las dudas y la incredulidad. Es cuestión de pensar seriamente a quién o a qué queremos seguir, con qué criterios deseamos organizar nuestra vida. Si tú tienes ganas de dar sentido a tu vida, si quieres dejar de sentirte insatisfecho, atrévete a decir, como Pedro: “Señor, ¿a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.” Puede que sea duro al principio, pero después de la cruz, siempre viene la Resurrección. De esta manera, a pesar de las caídas, de los tropezones, podremos seguir hacia la Felicidad, por encima de felicidades o alegrías pasajeras. Confía en Él, y mantente firme en la opción realizada. No estás solo, está Jesús contigo.
HORARIO DE MISA PARA ESTE FIN DE SEMANA

El Sabado día 15 la Eucaristía en honor de la Virgen será a las 12:00h.
El Domingo día 16 Celebraremos la Eucarstía en la ermita de San Roque a las 21:00h.
La Asunción de la Virgen María 15 de Agosto (LUCAS 1, 39, 56)

María hace el bien porque vivía de la palabra de Dios. En el evangelio de hoy hemos escuchado el «Magníficat», esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo. Su fe es confiada, pero no ciega. Pone su confianza en la Palabra, para decir "hágase en mí según tu palabra". De su confianza nace su disponibilidad. El que se instala se encierra en sus "seguridades" y es incapaz de avanzar. En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a tener su disponibilidad y espíritu de servicio.
XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 5, 21-43)

Jesús de Nazaret pasa del lado gentil del mar de Galilea al espacio de aquellos que son hostiles al mensaje evangélico. Estamos convencidos que el núcleo de nuestra acción pastoral es construir puentes que lleven a la inclusión y a la reconciliación. Ricos y pobres, el lado judío y gentil de todos los mares y de todas las fronteras, jóvenes y ancianos, todos y todas necesitamos ser curados de nuestras incredulidades, dudas, temores y prejuicios. Este jefe de la sinagoga, Jairo, tiene que hacer un desplazamiento teológico. Tiene que pasar del espacio de lectura legalista y fundamentalista de la sinagoga hacia el espacio trasgresor, profético y liberador de Jesús de Nazaret. El gesto de Jesús es siempre sorprendente. Este es un gesto de escándalo porque se supone que un varón desconocido no toca en público a una mujer y además, desde los conceptos de pureza ritual, no se toca un cadáver. Jesús al tocarla asume la condición de la hija del jefe de la sinagoga. Sólo con ese compromiso podemos decirles a los grupos y a las personas enfermas, postradas o vulnerables: ¡Levántate! Para que otros y otras tengan vida en abundancia y de calidad se exige que nosotros toquemos esas realidades y asumamos sin miedo y con valentía esas condiciones. Dios quiere que todos vivamos una vida digna.
XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 4,35-40)

El mar se agita cada vez más y el peligro crece por momentos. Sin saber ciertamente para qué, despiertan al Maestro; no para que calme la tempestad, lo cual les parecería imposible, sino para recriminarle que siga dormido, sin importarle que estén a punto de sucumbir a las embestidas del oleaje. Por eso le preguntan, consternados, si no le importa que se hundan. Jesús no les contesta. Se pone en pie sobre la proa e increpa a las aguas con voz potente y dominadora: ¡Silencio, cállate!
Una primera reacción sería la de pensar que Jesús estaba loco. Cómo podía un hombre mandar sobre las aguas y los vientos. Sólo de Yahvé se dice en uno de los salmos que domina la soberbia del mar y contiene la bravura de las aguas. Sólo Dios podía calmar la tempestad. Pero paulatinamente van contemplando, tras la intervención de Jesús, cómo el mar se tranquiliza y el viento amaina. Pronto reina la bonanza y las barcas siguen, serenas y ágiles, su ruta hacia la ribera.
No salen de su asombro. Estupefactos se preguntan entre sí quién era este, capaz de dominar el furor del mar y del huracán. No acababan de comprender la grandeza de Jesucristo. Todavía eran hombres de poca fe, cobardes y tímidos. Pero el Señor sigue junto a ellos, esperando paciente al Espíritu que los transformaría. Entonces no volverían a tener miedo. Aun cuando la tempestad se desencadenara con más fuerza todavía, aun cuando el Señor pareciera dormido, sin importarle el peligro que corría la barca en la que navegaban. Siempre permanecieron serenos y valientes, apretando con fuerza el timón, seguros de que nada ni nadie podría hundir aquella barca, la Iglesia de Cristo, en la que generosos y esperanzados navegarían a través de todos los siglos.
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (MARCOS 14, 12-16.22-26)

El Corpus es el día de Caridad. El lema de este año “Una sociedad con valores es una sociedad con futuro”, invita a que estemos atentos a la situación crítica en la que vivimos. La crisis económica actual pone en evidencia una profunda crisis de valores morales. La dignidad de la persona es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social y económica; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio de servicio de la persona y del desarrollo social. Una de las posibles causas de la crisis es la falta de transparencia, de responsabilidad y de confianza. Estos no son elementos económicos o financieros, sino actitudes éticas, lo cual quiere decir que cerraremos en falso la crisis si no estamos dispuestos a afrontar la crisis ética que la sustenta.
Ante la pobreza de valores, trabajemos con la justicia. El clamor de las familias en paro ha llegado hasta nosotros. Este Día de la Caridad del 2009 ha de ser la ocasión, en esta situación profunda económica y de paro que están padeciendo muchas familias, para tomar conciencia de los derechos que tienen los más pobres a poseer de los bienes que tenemos. Es una oportunidad de rectificar y sentar las bases de la convivencia en valores sólidos capaces de construir un orden económico y social transparente y justo.
DOMINGO DE PENTECOSTÉS (JUAN 20, 19-23)

La voz del Espíritu es ese gran regalo que Dios nos ofrece. Ha dejado de caminar por la tierra y, el Señor, después de su Ascensión nos contagia con ese entusiasmo que –en su periplo por la tierra- dejó a sus apóstoles. ¿Lo sentimos así? ¿Es el Espíritu Santo una fuente de vida en nuestra fe? ¿No os parece que sigue siendo un gran desconocido cuando resulta ser el gran operante en todas nuestras acciones pastorales?
Hoy finaliza la Pascua pero, ahora, nos toca a nosotros dar los pasos necesarios para que el Reino que anunció Jesús siga siendo algo vivo y dinámico en medio de nuestra sociedad. Los brazos cruzados no son el mejor ejemplo ni la mejor manera de colaborar con el Señor. Guiados por el Espíritu Santo dejaremos a un lado miedos y dudas y nos lanzaremos sin reservas a cultivar nuestro tiempo. ¿Nuestro tiempo? Sí; por supuesto. Es nuestra hora. El momento de dar razón de nuestra esperanza, de nuestra fe y de nuestra alegría. ¿Cómo? Con nuestra entrega persuasiva, entusiasta y permanentemente iluminada por la fuerza del Espíritu.
Demos gracias a Dios por ese gran protagonista en nuestra vida cristiana, en nuestro quehacer eclesial, en nuestras reuniones, convocatorias y celebraciones: el Espíritu Santo.
¡FELIZ PASCUA DE PENTECOSTES!
VII DOMINGO DE PASCUA, SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DE SEÑOR (MARCOS 16, 15-20)

Este domingo, dentro de la nueva distribución litúrgica, celebramos la Ascensión del Señor. La Iglesia, como buena Madre que es, se acopla dentro de lo posible a las exigencias de los tiempos y de la sociedad. Lo importante es rememorar en nuestra mente y en nuestro corazón el momento en que Cristo, Señor nuestro, subió a los cielos para sentarse a la derecha de Dios Padre. Es decir, Jesús culmina su vida en la tierra elevándose al Cielo, para recibir toda la gloria que como a Hijo de Dios le corresponde.
El se anonadó y tomó la forma de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Él bajó hasta lo más hondo de la miseria humana. Él se hizo maldito, nos viene a decir San Pablo, dejándose colgar de un madero, patíbulo de malhechores. Por eso precisamente, Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, de modo que ante él doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos, para que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.
Pero antes de marchar y recibir la corona de Rey de reyes, Jesús confía a sus apóstoles la misión de proclamar el Evangelio a toda la Creación, de predicar a todos los hombres que sólo quien crea en Cristo se salvará. Les prometió, además, que aunque se marchaba no les dejaría solos y que en su nombre harían prodigios, vencerían al maligno.
Ellos fueron fieles al mandato de Jesús y caminaron por todo el mundo, levantando muy alta la luz de Cristo. Después, cuando ellos pasaron de la tierra al Cielo, entregaron el fuego sagrado a quienes les sucedían, y éstos a su vez a quienes vinieron luego. Así, el fuego que el Hijo de Dios trajo a la tierra, fue encendiendo e iluminando todas las páginas de la Historia. Ahora ese fuego está en nuestras manos, y nos toca a nosotros reavivarlo y propagarlo por entre los hombres de nuestra época. Ojalá que seamos responsables de la misión que Jesús nos encomienda y consigamos que el fuego de la fe no se apague. Antes al contrario, convirtamos el mundo en una bendita hoguera que ilumine, alegre y mejore más y más la conducta de los hombres.
VI DOMINGO DE PASCUA (JUAN 15, 9- 17)

“Este es mi mandamiento: Que os améis los unos á los otros, como yo os he amado”. Ahí está la clave: amar como El. La persona que ama no necesita un mandamiento de no robar o matar, porque la persona que ama no hace estas cosas. San Agustín dijo, “Ama y haz lo que quieras.” El amor “ágape” que Jesús manda no representa un sentimiento, ni es sinónimo de “gustar.” Amar es ser para otra persona y actuar para otra persona, aunque sea a cambio del sacrificio propio. La obra suprema de amar significa dar la vida por otro. Este entendimiento del amor es bastante diferente al que conocemos en nuestra cultura – una cultura que a menudo piensa del amor como la satisfacción de nuestras propias necesidades en lugar de satisfacer las necesidades del prójimo. La persona que dice, “Te amo,” puede querer decir “Te quiero para mí,” y puede manipular para poseerte. ¡Qué diferente es esto de la persona dispuesta a sacrificarse por otra! ¿Cómo nos ama Jesús? “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. En este momento, los discípulos no comprenden que Jesús va a morir por sus amigos. Después de la resurrección comprenderán el significado de estas palabras. El amor de Jesús requiere que sufra la cruz por sus amigos. Su mandamiento de amarse uno a otro como nos ha amado también requiere un grave sacrificio. El amor del que habla Jesús es más que un sentimiento.
Jesús nos trata como amigos. “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor”. Jesús se dirige a los discípulos como amigos, diciendo: “a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Un amo da ordenes a sus siervos, pero un amigo se comunica con sus amigos, compartiendo su sabiduría e involucrándoles a un nivel más profundo. La diferencia entre siervo y amigo es precisamente la confianza que se espera de un amigo. Este tipo de confianza es una característica de la amistad y es la que nos brinda Jesús cada día con su amor.
EL DOMINGO DÍA 17 CELEBRAREMOS A SAN ISIDRO

La Eucaristía se celebrará a las 11:00h y seguidamente dará comienzo la procesión precedida de las carrozas.
V DOMINGO DE PASCUA (JUAN 15, 1-8 )

"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí -nos dice Jesús-, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí". La comparación y la enseñanza que se desprende no puede ser más clara. El que no vive unido al Señor es un hombre frustrado, incapaz de hacer nada que realmente sirva. La vida de ese hombre pasará como un soplo, como nube que cruza el espacio sin dejar la menor huella. En cambio, el que vive unido a Dios, por medio de la gracia santificante, convierte en algo meritorio y valioso cualquier acción que realice, por nimia que sea. A los ojos del Señor, juez al fin y al cabo de nuestros actos, la vida humana se eleva a divina. Pero hay más. No se trata sólo de llenar una vida vacía. Se trata también de librarse del fuego que arderá eternamente con los sarmientos secos, con los que, por baldíos, serán arrojados lejos de Dios. Las palabras de Jesús nos ponen en sobreaviso, una vez más, para que no nos llamemos a engaño y tratemos de ser sarmientos vivos y no ramas muertas. Estamos en la Pascua, período de gozo y de esperanza, época en la que la naturaleza se reviste del esplendor de sus verdes vivos y la policromía de mil flores. Tiempo por otra parte de honrar a María en este mes de mayo. Vamos, con su ayuda, a llenar nuestra existencia de buenos deseos y de mejores obras, vamos a ser sarmientos muy unidos a la cepa que es Cristo, para dar frutos de vida eterna. |
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IV DOMINGO DE PASCUA (JUAN 10, 11- 18 )

El asalariado ve venir al lobo y huye. El asalariado es el que trabaja por un salario, no por amor a aquellos para los que trabaja. Yo me temo que, muchas veces, también los cristianos somos personas asalariadas, sin vocación de auténticos pastores. Es verdad que todos necesitamos recibir un salario, pero no es verdad, no es cristiano, que nuestro salario sea el principal soporte y la causa única que dirija nuestro trabajo. Debemos entender el trabajo como una vocación de servicio, un servicio que siempre debe ser hecho por amor y con amor a los demás. Por eso, las dificultades y los sinsabores que, muchas veces, nos produce el trabajo debemos asumirlas y aceptarlas con temple cristiano y con amor cristiano. Ver las dificultades y huir puede ser propio de personas asalariadas, pero no de personas comprometidas que entienden su trabajo como una vocación de servicio, de servicio a los demás. En este domingo del Buen Pastor debemos preguntarnos a nosotros mismos: ¿hacemos nuestro trabajo como un servicio de amor a los demás, o simplemente como una condición necesaria para recibir y justificar nuestro salario?
Tengo además otras ovejas que no son de este redil. Los pastores, en Israel, tenían mala fama, porque se les consideraba muy egoístas y capaces de hacer cualquier trampa en beneficio de sus propias ovejas y en perjuicio de las ovejas y de los campos de los demás. Buscaban únicamente el beneficio personal, sin importarles lo más mínimo el beneficio de los demás. Cristo no fue así y no quiere que nosotros seamos así. Para él las ovejas, cualquier oveja, merece su atención. Él quiere que todas las ovejas formen un único rebaño, dirigidas por un único pastor. Nuestras divisiones, dentro de la Iglesia, nuestras capillitas, son consecuencia de nuestros egoísmos. Debemos ampliar el horizonte de nuestra mirada, tender hacia una única Iglesia, la Iglesia de Cristo, dirigida por un único pastor, por el Buen Pastor, sin apegarnos a nacionalismos, ritos o privilegios, orientales u occidentales, que, desgraciadamente, se convierten muchas veces en tremendos muros de división. Cristo debe ser nuestro único Pastor, que sabe hablarnos a cada uno de nosotros en nuestra propia lengua y a través de nuestros propios ritos. Jesús es la piedra angular; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos. Así lo dijo Pedro, lleno del Espíritu Santo, tal como podemos leer en la primera lectura de este domingo del Buen Pastor.
III DOMINGO DE PASCUA (LUCAS 23, 35-48)

No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que El es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Comprendemos que dice al tercer día porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.
Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado?
En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe.
V DOMINGO DE CUARESMA (JUAN 12, 20-33)

"El que quiera servirme que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará". Jesús nos abre un camino, sus palabras indican con claridad y con fuerza un itinerario a seguir, si realmente queremos alcanzar el glorioso destino para el que hemos sido creados. Una senda escarpada en ocasiones, pero que nos conduce con seguridad a las más bellas cumbres que el hombre no puede ni soñar.
Ante el recuerdo de lo que le espera en la Pasión, el Señor manifiesta sus íntimos temores, se agita interiormente. Agitación que cuando se acerque aún más la hora de la inmolación se convertirá en angustias de muerte, en sudor de sangre. Su naturaleza humana se resiente, lo mismo que se resiente la nuestra bajo el peso de la aflicción y del dolor. Porque aceptar la Cruz no supone vernos libres del sufrimiento que ella comporta, aunque es cierto que esa aceptación conlleva la serenidad y la reciedumbre, necesarias para llegar hasta el sacrificio supremo.
Como un rey vencedor es elevado sobre su propio escudo, así subió Jesús a la cruz convirtiéndola en trono de gloria. Desde entonces, elevado sobre la tierra, clavado en el madero, es foco de atracción para todos los hombres. Los que queremos seguirle y levantarlo en alto, para mostrarlo como en un elevado ostensorio, ante todos los hombres del mundo, hemos de "cristificar" nuestras vidas para que donde quiera que estemos, con nuestra entrega callada y gozosa, Cristo sea claramente manifestado como poderoso faro de atracción salvadora.
IV Domingo de Cuaresma (JUAN 3, 14- 21)

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Jesús también dirá que nadie tiene amor más grande que aquel que entrega su vida por el amigo. La crucifixión fue, sin duda, el gesto definitivo del amor de Dios que sufre en su carne el castigo de nuestro pecado.
Qué más podía hacer el Señor para mostrarnos su infinito amor, sus profundos y sinceros deseos de ayudarnos, de librarnos de las cadenas que realmente aprisionan al hombre, las del pecado. Miremos con fe ese signo de salvación, sepamos descubrir tras las llagas de Cristo crucificado la grandeza de su poder y los fulgores de su divinidad. Imitemos al buen ladrón que, contemplando a Jesús traspasado y vencido, supo descubrir al Rey del Universo y le rogó, quizá entre las burlas de los demás, que se acordara de él cuando llegara a su Reino. La respuesta de Jesús fue inmediata: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.
III DOMINGO DE CUARESMA (JUAN 2, 13- 25)

No tendrás otros dioses frente a mí.
Estas palabras que el Señor dice a su pueblo también nos las dice hoy a nosotros. Los diosecillos del mercado económico no deben ser nunca los dioses que dirijan nuestra vida. Nuestro único Dios es el Dios que se nos manifestó en la persona de Jesús de Nazaret y debemos dirigir nuestra vida con los valores de su evangelio. Esta es la nueva y eterna alianza que Dios ha querido hacer con nosotros, rociada y confirmada con la sangre del Cordero.
Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Lo “débil de Dios” se refiere a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos. Hacer de la cruz y el sufrimiento fuerza y sabiduría de Dios es hoy día para muchos contemporáneos nuestros, escándalo y necedad. Pero los cristianos sabemos que la cruz y el sufrimiento no son para nosotros un fin buscado, sino un medio aceptado para salvarnos nosotros y para ayudar a otros a llegar hasta Dios. Por nuestra débil y pecadora condición humana, la cruz y el sufrimiento los vamos a tener siempre con nosotros; lo importante es que esa cruz y ese sufrimiento no nos hundan y nos maten, sino que nos levanten y resuciten. Así nos lo enseñó nuestro Señor Jesucristo, haciendo del madero de la cruz árbol de salvación.
II DOMINGO DE CUARESMA (MARCOS 9, 2, 10)

¿La montaña como “lugar” de encuentro con Dios? Cristo sube a una montaña. ¿Qué montaña? No sabemos. Algunos señalan que es el monte Tabor. Pero es más que ese monte en concreto. Se trata de un monte simbólico, por eso se omite el nombre. No es solamente un lugar físico, sino que tiene que ver con las realidades y con las concepciones que del mundo se tenían en esa época. El mundo era visto como una superficie cuadrada que flotaba sobre las aguas inferiores, en cuyo centro se elevaba una montaña que con su cima se acercaba a la parte más alta de la bóveda del cielo, sobre la cual Dios tenía su trono. Son muchas las montañas en la vida del Señor A la montaña se sube con cierta dificultad, es la dificultad de la vía para el encuentro con Dios, que requiere la constancia y la paciencia en la oración y en la búsqueda de Dios. A una montaña no se sube por un camino recto ni asfaltado, sino por senderos con altos y bajos, con caídas, rasguños, heridas y dolor. Pero cuando se llega a la cima se contempla el mundo, el paisaje con otros ojos, unos ojos más cercanos a los de Dios. Una vez que se ha llegado a la cima, se sabe también que el encuentro con Dios ya no depende de que uno pueda seguir escalando, se ha llegado a la cumbre; desde allí es Dios quien tiene que bajar para hacer posible el encuentro con el hombre.
Hay que saber bajar al llano. Nuestra actitud tiende a ser el quedarse en la cima de la montaña contemplando el espectáculo que significa el descenso de Dios, por eso Pedro propone hacer tres tiendas: “¡Qué bueno es estar aquí! El discípulo que llega a la cima del monte debe también aprender a bajar de ella para bien de sus hermanos, así lo hizo Moisés cuando recibió las tablas de la Ley, y así lo hicieron los discípulos del Señor después de su Transfiguración, porque es necesario contar a los hermanos la gloria de Dios que se ha visto en la cima del monte, para que sean muchos más los que se atrevan a escalar hasta la cima para contemplar a Dios. Simbólicamente Jesucristo se transfiguró en presencia de sus discípulos. Pero hoy el Señor sigue transfigurándose para nosotros. Cada vez que asistimos a la Eucaristía revivimos el prodigio de la presencia de Dios, que desciende a la cima del monte y a quien nosotros podemos contemplar. Pero la Eucaristía no termina en el templo, hemos de salir al mundo para anunciar a todos lo que hemos contemplado. La Eucaristía es contemplación y compromiso.
CAMBIO DE HORA DE MISA PARA ESTE DOMINGO DÍA 8

La Eucaristía se celebrara a las 10,30h. de la mañana.
I Domingo de Cuaresma (MARCOS 1, 12- 15 )

Jesús espera mucho de nosotros. La conversión que pide Jesús como primer tema de la predicación del Reino debería empezar por dar la vuelta a nuestro modo de vivir ya habitualmente nuestra fe. Casi todos la vivimos en un contexto que favorece las posturas acomodaticias. Nos habituamos a largas componendas, a la generosa tolerancia con lo que sabemos no cuadra muy bien. Nos protegemos con la excusa de que somos así y al cabo de tanto tiempo no hay cambio posible. Pero el evangelio quiere sacudir esa modorra, denunciando que para nada nos sirve “retomar” las viejas prácticas con nuevo estilo. No es posible un cristianismo vivido “a medias”, ni se debe encapsular lo nuevo en moldes viejos. Hay que crear moldes nuevos, odres nuevos. No se trata de prácticas, sino de nosotros mismos. Basta con reflexionar sobre la facilidad con que pedimos el cambio de los demás. Su manera de entender y vivir la fe cristiana nos parece hipócrita o superficial. Retirarse al desierto significa enfrentarse a solas con nosotros y naturalmente comenzar por la revisión crítica de nuestro modo de ser. “Enséñame tus caminos”, pedimos en el Salmo. El evangelio de hoy nos indica el camino que siguió Jesús antes de comenzar su actividad pública. El que hoy nosotros estamos invitados a recorrer también, si nos dejamos “empujar” por el Espíritu.
EL MIERCOLES DÍA 25 CELEBRAREMOS EL INICIO DE LA CUARESMA

La celebración de la Eucaristía en la que nos impondremos la Ceniza será las 20:00h
VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 2, 1- 12 )

Debemos ser colaboradores de Dios como los camilleros. En nuestro mundo de hoy también existen muchos porteadores de seres humanos enfermos de muy diversos males: físicos, morales, sociales… Los que llevaron al paralítico hicieron todo y más. Fueron creativos en la necesidad, se llenaron de constancia y fueron muy insistentes. Estas pueden ser las actitudes básicas de cualquier proceso de evangelización. Normalmente siempre encontraremos estorbos para llevar a otros a Jesús. Cada uno de nosotros podemos abrir esa parte del techo que separa a muchos de Dios y hacer que se produzca el encuentro entre Dios y el ser humano herido de diversos males. ¿Cómo podemos nosotros, porteadores de fragilidad, abrir esos boquetes en el techo para el encuentro con el Señor?
El texto de Marcos nos plantea varios interrogantes: ¿Cómo comprendo y acojo el perdón de Dios que Jesús me ofrece? ¿Siento necesidad de él? ¿Cuál es la parálisis más grande que no me permite vivir la vida con plenitud? También a mí, Jesús me dirige su mirada y dice: "hijo, hija, tus pecados te son perdonados". La Palabra de Jesús está llena de la fuerza de Dios. Escuchándola con fe podemos experimentar su perdón lleno de amor. ¿Cuáles son mis relaciones con mi familia y mi comunidad? ¿Soy indiferente a los otros, como la multitud, o quizá cerrado y duro, como los escribas? Pero podría intentar adoptar la actitud de los cuatro hombres que llevaban la camilla, que se sienten responsables de quien sufre una parálisis. Ayudando a los otros, nosotros mismos recibimos la bendición en abundancia y nos convertimos en colaboradores de Dios.
V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 1, 29-39)

Combatir el hambre, tarea de todos. Donde está Jesús hay vida, crece la vida, se lucha por la vida. Esto es lo que descubre, con gozo, quien lee esta página de Marcos o recorre todo su evangelio. Se encuentra con ese Jesús que cura a los enfermos, acoge a los desvalidos, perdona a los pecadores, sana a los poseídos por espíritus malignos, se preocupa por quienes tienen fiebre… Donde está Jesús hay amor a la vida, interés por el ser humano, pasión por la liberación de todo mal. No olvidemos nunca que la imagen primera que nos ofrece el relato evangélico es la de un Jesús que cura y sana, atento a los males y dolencias de los demás, un hombre que difunde la vida y restaura lo que está enfermo. Por eso encontramos siempre a su alrededor los desheredados de la humanidad: poseídos, enfermos, leprosos, paralíticos, ciegos, sordos, marginados…, personas a las que les falta vida. Jesús humaniza, libera, devuelve la alegría y vida a todos. Jesús siente pasión por la vida, y desde la cruz nos enseña a llevar las nuestras. Quiere que sintamos su presencia amorosa en nuestro dolor para que se convierta en Vida. En esta jornada de la “Campaña Contra el Hambre” de Manos Unidas debemos ser conscientes de que “Combatir el hambre es proyecto de todos. Nuestro compromiso brotará de la experiencia de Jesucristo. Por eso tenemos que poner siempre atención a dos peligros, contra los que hoy mismo nos previene el ejemplo de Jesucristo: El olvido de la oración y del trato íntimo con El. Jesús no lo olvidó nunca, después de una jornada agotadora “se marchó al descampado y se puso a orar”.
IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 1, 21-28 )

Jesús no dictaba fórmulas aplicables de inmediato, ni solucionaba problemas de convivencia. Proclamaba enseñanzas que, asimiladas y aplicadas, proporcionan felicidad y éxito eterno. Hablaba con autoridad, es decir convencido, no aprendido, testimoniando lo que decía con su ejemplo. La gente se asombraba. Su predicación no era un oficio que le proporcionase medios de subsistencia, respondía a una vocación con lealtad, es decir, al encargo que el Padre le había dado. Un día que estaba hablando en la sinagoga, sorprendió a la concurrencia un hombre que interrumpía su discurso con violencia. El texto le califica de endemoniado, podía ser un demente maniaco obsesivo, un neurótico perdido, un desequilibrado mental, como hay tantos. La orden tajante del Maestro alejó su mal. Aquellos vecinos sabían pescar, modelar cerámica, sembrar, cultivar y segar. Comerciar y pagar impuestos, como todo quisque. Nunca habían visto aquel portento y se asombraron al contemplarlo. Habían visto muchas cosas, pero una cosa así nunca la habían presenciado y fue entonces cuando, vuelvo a repetirlo, se asombraron, es decir no pasaron de él, no se dijeron a sí mismos: este es su problema. Reflexionaron y sacaron conclusiones nuevas. Y las consecuencias no se las quedaron dentro de sí, hablaron de ellas, hablaron bien de ellas, por lo que la buena fama de Jesús creció. Hacer esto es muy sencillo, no obstante, es una manera de dar a conocer al Maestro, de evangelizar. Debemos seguir su ejemplo.
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MARCOS 1, 14-20 )

(Foto en el Mar de Galilea)
Lo siguieron por los caminos y aldeas y en sus visitas a Jerusalén. Pero el mismo evangelio nos cuenta que, en ocasiones, regresaron al lago. Había que proveer de pescado al grupo de los Doce. Añade san Marcos que estos cuatro discípulos, ya comprometidos con Jesús, invitaron a Felipe y a Natanael a formar parte del grupo. Así iniciaron su tarea de “pescadores de hombres”.
Esto indica que Jesús no exige a todos un desplazamiento geográfico, una ruptura total con la familia y las ocupaciones ordinarias. “Seguidme” es un llamado a acercar a Él nuestra vida. Porque muchos de nosotros profesamos una fe de lejanías: Cristianismo de borrosas convicciones, de unos sacramentos olvidados, de una caridad con los pobres sólo de palabras.
En nuestro caso, seguir a Cristo significa entonces evaluar las personas, los acontecimientos y las cosas, con los criterios del Señor. Cultivar los valores auténticos y estables. Proyectar nuestro ser y nuestro hacer a la luz del Evangelio.
Cuantos hemos conocido al Señor, así sea de modo elemental, hemos de procurar que quienes viven a nuestro alrededor, conozcan, amen a Jesús y orienten la vida a su estilo. “A tu paso, Señor, dejé mis redes, en busca de otra pesca y otro mar”. Así canta un poeta religioso. Pero sabiendo que nuestra pesquería no persigue intereses personales, ni promueve engaños. Se esfuerza en presentar a Jesucristo a los prójimos, desde nuestra honradez personal, con un amor sincero.
II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (JUAN 1, 35-42 )

No se es cristiano por nuestros conocimientos, no es un título sacado en unas clases de teología, o por correspondencia. Ser cristiano es algo nuevo, esa cercanía, es el encuentro iluminante con el Señor en esa “hora décima” que a Juan jamás se le pudo olvidar. Fue un día y una hora determinada en la que Juan se encontró al Señor y comenzó a ser cristiano.
Juan no se acuerda de lo que hablaron, él que tan largos discursos recuerda de Jesús, se acuerda solo de que estuvieron con el Señor todo el día, recuerda su cercanía, recuerda que estuvo sentado junto a Él.
Para San Pablo ser cristiano es haber sido aprehendido por el Señor, de forma que ya no vive Pablo, sino Cristo en Pablo. Ser cristiano no es seguir y admitir una doctrina. Es seguir a una persona… “Ven y sígueme”.
Y mientras nuestro cristianismo no sea caminar hombro con hombro con el Señor, tendrá más de magia y de superstición que de religión, de conocimiento teológico de un discípulo aventajado que de entrega a la labor por el Reino, de estadística y de organigrama que de dedicación personal… Existirá siempre una dicotomía entre lo que creemos y lo que hacemos.
Que cada uno de nosotros tengamos esa hora décima que jamás olvidó San Juan y que le hizo seguir al Señor hasta el pie la cruz.
El Bautismo del Señor (MARCOS 1, 7-11 )

(Fotografía del Río Jordán, que visitaremos en el mes de Septiembre)
El Verbo hecho carne, la Palabra de Dios vino para señalar el camino de los hombres, y quiso marcarlo claramente con el rastro de sus pisadas. Así, pues, su doctrina fue siempre viva, vibrante, precedida del propio ejemplo. Jesús nos enseñó tanto con su vida y muerte como con sus mismas palabras. Por esto comienza su vida pública sometiéndose al bautismo de penitencia que Juan predicaba. De ese modo podría luego exhortarnos a la conversión, a reconocer humildemente nuestros pecados y a limpiarnos de ellos, mediante el Bautismo cuando nacemos; y a través de la Confesión sacramental, si tenemos la desgracia de volver a ofender al Señor.
La fiesta del Bautismo de Cristo es, por otra parte, una buena ocasión para recordar lo que significa el sacramento que nosotros un día recibimos, las exigencias que comporta, las promesas y las realidades que nos ha otorgado. El Bautismo es de donde arranca nuestra vida espiritual, donde se fundamenta y empieza nuestra filiación divina, donde se nos capacita para dar culto a Dios en Espíritu y en verdad. De él brota nuestra vocación a la santidad, a cooperar según nuestras posibilidades apostólicas -más de las que creemos- a la realización del Reino de Dios sobre la tierra.
Recordemos, además, la conveniencia de bautizar a los hijos lo antes posible. Es una grave responsabilidad. Hay que tener en cuenta también que quienes consideran el bautismo de los niños como contrario a su libertad, y se lo niegan, están conculcando un derecho fundamental que Dios les ha otorgado: el de recibir los medios necesarios para poder entrar en la vida eterna, aunque el niño no pueda entonces reclamarlo por sí mismo.
El Bautismo nos configura con Cristo, infundiéndonos las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, así como nos otorga los dones del Espíritu Santo que, asentado en el alma del bautizado, lo convierte en templo de la Santísima Trinidad y miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo... Que todo esto nos estimule a valorar el Bautismo que recibimos y, sobre todo, a vivir como hijos de Dios.
La Epifanía del Señor, 6 de enero de 2009 (MATEO 2, 1-12 )

Hoy es el día de las estrellas. Día de la ilusión del que cree en lo maravilloso, del que entiende el asombro que hay en aquel dicho japonés: “Cuando una flor nace, el universo entero se hace primavera. Día del que sabe apreciar la grandeza de lo pequeño. Del que no desprecia la luz vacilante de la estrella de la Fe, y sabe aceptar en un Niño a Dios, y con alegría se pone a sus pies y le entrega todo lo que tiene, como los magos.
Cuántos hombres han querido ver a Dios a la luz del sol de media día y no han conseguido más que quemarse la retina sin caer en la cuenta que Dios es demasiada luz para que quepa en nuestro entendimiento, y que necesitamos de la mediación de la estrella de la Fe para llegar a El sin abrasarnos. A veces decimos que nos falta Fe, lo que nos falta es sencillez de niño para aceptar la estrella que lleva a Dios, y aceptar a Dios bajo la forma de Niño.
San Ignacio nos diría que nos metiéramos en el portal como un esclavito indigno, quizás venido con los Magos y que hablemos con el Niño Dios: “Señor, también yo vengo caminando por el desierto de la vida tratando de seguir la estrella de la Fe, que se me oculta con frecuencia. Y sin embargo aquí me tienes creyendo en Ti como en mi Dios. No me da vergüenza admitirlo, aunque muchos lo nieguen.
Yo no tengo nada que ofrecerte como estos Reyes. Sólo te entrego en propia mano mi carta a los Reyes. Como eres pequeño y no sabes leer te digo lo que pongo en ella: Te pido que me hagas niño. Niño que se confíe totalmente a su Padre, Dios. Niño que crea y espere en ti sin límites. Niño, que pase por el mundo dando cariño y sonrisas, y confiando en que hay todavía bondad en los hombres de buena voluntas”.
Agranda la puerta, Padre,
Porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
Yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
Achícame por piedad.
Vuélveme a la edad bendita,
En que vivir es soñar.
Segundo Domingo después de Navidad (JUAN 1, 1- 18 )

Cuando Dios se hace hombre, Jesucristo se presenta cómo la Palabra del Padre, pero una palabra definitiva, absoluta e inmensa que resuena sobre el universo, declarándonos el amor sustancial de Dios. Resuena en los ambientes de aquel tiempo y hemos de hacerla resonar entre nosotros, hasta los confines de la tierra.
Aparece Jesús de Nazaret como hijo de mujer, hermano, peregrino, visitante que acampa entre nosotros, necesitado, vecino, compañero de viaje.
La luz de Dios se revela en Jesucristo. Pero también se opaca. De lo contrario no la podrían soportar nuestros ojos.
Aquel día la Sabiduría de Dios se redujo a esquemas humanos: Al idioma arameo, al culto israelita, a la geografía de Palestina, al paisaje de Galilea, a la escuela de Nazaret, a la historia que enseñaba por las tardes Rabí Isacar, añorando el pasado.
La bondad de Dios, para llegar a nuestro entendimiento, se vistió de formas humanas. Su belleza se ocultó detrás de la hermosura limitada del mundo, de las cosas.
Desde entonces el Creador comenzó a hacerse presente en todos los signos que delatan amor y bondad. En la simpatía de un rostro amable, de un gesto oportuno, de una mirada comprensiva. Por todo ello podemos afirmar que Jesús es la Palabra del Padre.
San Juan comprendería todo esto mejor que nosotros: “En el principio ya existía la Palabra y la palabra estaba junto a Dios”. “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.
Para los cristianos de hoy esa Palabra del Altísimo resuena en la conciencia de cada creyente. Pero también en la liturgia de la Iglesia y en la comunidad cristiana. Escuchémosla.
Santa María, Madre de Dios (LUCAS 2, 16-21 )
El evangelio hace referencia a la Madre de Jesús, que supo escuchar la Palabra de Dios. Pablo afirma: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…". El texto, en primer lugar, evoca la larga historia de las intervenciones de Dios en "el tiempo" de la humanidad. Esta mujer es María, colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. María es Madre de Dios. Creer en su maternidad divina, por tanto, significar proclamar con certeza el infinito amor de Dios a los hombres, manifestado en la encarnación. Además, si ser cristianos significa acoger en la propia vida la Palabra eterna de Dios que se ha hecho carne, María ocupa un lugar verdaderamente singular en la vida de la comunidad cristiana: ella llevó en su seno a Jesús Mesías y Señor, lo cuidó, lo educó y lo introdujo en las tradiciones del pueblo elegido, lo siguió con fe hasta la cruz y llegó a ser así la primera creyente del nuevo Israel. En el evangelio Lucas describe a María como alguien que vive a la escucha del Misterio y que, con profunda actitud contemplativa, lee continuamente los acontecimientos para descubrir su sentido más profundo. María es aquí verdadero intérprete, hermeneuta, de los hechos acaecidos. El evangelista hace notar con esto que la Virgen no había entendido todo desde el inicio y que solamente, poco a poco, con el transcurrir del tiempo y atenta a los hechos, va comprendiendo la lógica intrínseca de los acontecimientos y su sentido. María recuerda todo lo que ha acaecido en su vida de parte de Dios y va descubriendo los caminos del Señor y su voluntad poniendo en relación unos hechos con otros. Esta actitud profundamente contemplativa se realiza en “el corazón”, sede del discernimiento, del ejercicio intelectual, y sobre todo de la fe abierta a los designios de Dios. El texto concluye con la glorificación y la alabanza de los pastores que han podido experimentar lo que Dios les ha anunciado. La figura de María, intérprete de los hechos históricos, y contemplativa delante de las acciones de Dios, es modelo para todo creyente, llamado a descubrir el misterio y la presencia del Dios de la vida en la cotidianidad y lo ordinario de cada día. María, la madre de Jesús, es maestra de vida interior, de oración y de escucha de la Palabra.
28 DE DICIEMBRE, La Sagrada Familia (LUCAS 2, 22-40 )

El texto que hoy leemos es de una hondura humana y teológica grande. Hoy, fiesta de la Sagrada Familia, podemos aconsejar esta lectura a todas las familias cristianas, principalmente a las familias que estén viviendo momentos difíciles en su diario convivir. Del diario convivir de la Sagrada Familia, la de José, María y Jesús, sabemos muy poco. Si nos atenemos a los pocos datos que nos dan los evangelios, podemos deducir que no fue un convivir fácil y rutinario: José tiene motivos suficientes para sospechar de la fidelidad de su prometida, antes de empezar a vivir juntos; el niño nace en un viaje accidentado y lleno de sobresaltos; al poco tiempo de nacer el niño, el matrimonio tiene que salir huyendo de su país, porque el rey quiere matar al niño; cuando el niño se hace ya mayorcito, decide por su cuenta quedarse en el templo, dejando a sus padres angustiados y anhelantes; emprende después una vida de predicador itinerante, enfrentándose a las autoridades civiles y religiosas, sin escuchar los consejos de prudencia que le dan sus familiares; es perseguido y muere ajusticiado en una cruz, como un criminal vulgar. Así transcurre la vida de Jesús, antes de la resurrección. Una familia que ha tenido que vivir así, entre tanta angustia y sobresalto, ¿puede haber sido una familia santa y feliz? Sólo con una condición: que el amor haya sido el vínculo y ceñidor de la unidad familiar. Por esto, he querido yo resaltar esta frase de San Pablo, aplicada a la fiesta de hoy. Como creemos que la familia de Jesús fue una familia santa y feliz, tenemos que concluir que fue una familia llena de amor. Sólo por amor decidió José no denunciar a su prometida; sólo por amor soportó María el dolor que le causó la espada que le atravesó el alma; sólo por amor aceptó Jesús ser bandera discutida, cordero inmolado, luz de las naciones y gloria de su pueblo, Israel. Amor a Dios, que se tradujo en obediencia, confianza y entrega, y amor al prójimo que les hizo, a los tres, vivir siempre más preocupados por los demás que por sí mismos.
Vivir hoy en familia tampoco es nada fácil. Ni para los abuelos, ni para los padres, ni para los hijos. No vamos a describir aquí las características de la familia actual, porque es algo que conocemos todos por experiencia propia o ajena. La familia actual es una familia plural en creencias y costumbres. Esta pluralidad dentro de la familia hace difícil y hasta imposible la buena convivencia familiar, si no tenemos en cuenta los consejos que San Pablo nos da en esta carta a los Colosenses. Sí, el uniforme de la familia debe ser la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, el perdón y por encima de todo esto, el amor como ceñidor de la unidad consumada. ¡Claro!, podemos pensar, con este uniforme familiar se pueden atravesar valles, ríos y montañas sin ahogarse, ni romperse. Pero, ¿qué familia es capaz de vivir, un día sí y otro también, con este uniforme? Pues este es el reto y el mensaje que nos propone hoy esta fiesta de la Sagrada Familia. Sabemos que es muy difícil, pero vamos a intentarlo. Y para esto, vamos a pedirle a José, a María y a Jesús que nos ayuden a crecer continuamente en sabiduría y que la gracia de Dios nos acompañe siempre.
Natividad del Señor ( LUCAS 2, 1- 14)

Hagamos posible la esperanza con nuestros gestos y con nuestros detalles. Esperanza es el nuevo nombre de la Navidad. Y a esa esperanza hemos de comprometer nuestra vida. Una vida sobria que significa también solidaridad, fraternidad y justicia social, Una vida honrada en el cumplimiento de la entera ley de Dios, en el respeto a los demás, en la equidad y cuyos otros nombres son también solidaridad y fraternidad. Una vida religiosa: una vida que descubra a Dios, al Dios revelado por Jesucristo, al Dios de rostro y corazón humanos, que hoy, en Belén, en Jesús, es el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Una vida, sí, sobria, honrada y religiosa. Es decir, una vida abierta a Dios y dirigida al prójimo. Una vida cuajada, rebosante y remecida de una esperanza que se basa en el amor de Dios y que se demuestra en el amor al prójimo. Hagamos posible la esperanza regalando no sólo cosas materiales, sino lo que de verdad puede hacer felices a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo:
- El regalo de escuchar. Pero realmente escuchar, sin interrumpir, bostezar o criticar. Sólo escuchar. Y si te pones en el lugar de la persona que te cuenta sus problemas o preocupaciones, lo estarás haciendo de forma genial.
- El regalo del cariño. Ser generoso con besos, abrazos, una palabra amable, un apretón de manos. Con estas pequeñas acciones demuestras el cariño por tu familia y amigos.
- El regalo de la sonrisa. Llena tu vida de imágenes con sonrisas, dibujos, caricaturas, y tu regalo dirá «me gusta reír contigo»
- El regalo de una nota escrita. Puede ser un simple «gracias por ayudarme». Un detalle así puede ser recordado toda una vida, inclusive cambiarla.
- El regalo del reconocimiento. Un simple, pero sincero «estás guapísima con ese vestido»; «has hecho un gran trabajo»; «sin tu ayuda nunca hubiera terminado esta tarea»; «fue una cena estupenda»... pueden convertir en especial un día ordinario.
- El regalo del favor. Todos los días procura hacer un favor. Y pedir las cosas «por favor».
- El regalo de la gratitud. Una manera de hacer sentir bien a los demás es decir cosas como “muchas gracias”; “que suerte tenerte cerca”.
IV DOMINGO DE ADVIENTO (LUCAS 1, 26- 38)

La Virgen se llenó de temor al oír el saludo del arcángel, no comprendía, tanta era su humildad, que la hubiera llamado la llena-de-gracia y bendita, además, entre todas las mujeres, la más agraciada. Pero el mensajero de Dios la tranquiliza y le explica que ha sido elegida para ser madre, sin dejar de ser virgen, del Hijo del Altísimo, al que pondrá por nombre Jesús, que quiere decir Salvador.
Silencio de Nazaret que preludia la noche de Belén. Sencillez y escondimiento de la actuación divina que ha de frenar nuestras ansias de aparentar y de lucir. María y José, dos almas gemelas en la humildad y en la docilidad a los planes de Dios, son los primeros que recibieron la magnífica noticia. Luego serán los pastores de los campos belemnitas. Después los magos de Oriente que seguían con abnegación y tenacidad el rastro de una estrella. Más tarde Simeón y Ana, dos ancianos que son como niños, según diría Jesús de los que entrarán en el Reino.
La Navidad es tiempo propicio para crecer en sencillez y humildad, para hacernos pequeños y dignos del agrado de Dios. Son días de recuerdos y de dulces nostalgias, días para sentirse mejores, más cerca los unos de los otros. Días de paz para nuestro agitado mundo, paz del Cielo para los hombres de la tierra. “¡Oh Rey de las naciones y deseado de los pueblos, piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre al que formaste del barro de la tierra!”
III DOMINGO DE ADVIENTO (JUAN 1, 6-8. 19-28 )

Del Hijo de Dios hecho Niño son testigos los ángeles que vienen cantando la paz a los hombres. A la luz escondida de la cueva de Belén la testifica una tenue y vacilante estrella que conduce a los Magos a través del desierto. En Nazaret la luz anunciada por el Bautista pasa desapercibida para todos menos para María que recibía en lo hondo de su corazón la tenue luz de su misterio.
Poco antes de morir es el mismo Jesús quien tiene que declararse como luz del mundo en el atrio del templo porque nadie da testimonio de su luz.
Y en el calvario la luz de Dios desaparece en las tinieblas que cayeron sobre toda la región, porque ya por entonces el Señor Jesús había dejado a sus discípulos como testigos de la luz.
Hoy somos nosotros los que tenemos que pasarnos unos a otros el testigo de esa luz, de esa luz que no ha venido a imponerse, no ha venido a quemar nuestra pobre retina con su luz indeficiente, sino que ha venido a iluminar suavemente el corazón de cada hombre y de cada mujer.
Fe no es el sol de mediodía, es luz serena y tenue de la estrella del Norte que conduce segura a buen puerto. Todos necesitamos de alguien que la señale y nos la haga ver entre tantas estrellas de este mundo. Juan dio testimonio. Jesús dio testimonio y cada uno de nosotros tenemos que dar testimonio de la luz.
II DOMINGO DE ADVIENTO (MARCOS 1, 1-8 )

La voz de Juan resuena en el desierto, lo mismo que resonó la voz de Moisés. El nuevo éxodo que anunciara Isaías comenzaba a realizarse. Pero en este nuevo tránsito por el desierto no será otro hombre quien los guíe: será el mismo Yahvé, el mismo Dios que se hace hombre en el seno de una Virgen, Jesucristo. Ante esa realidad próxima a cumplirse, el mensajero del nuevo Rey clama a voz en grito que se allanen los caminos del alma, que se preparen los espíritus para salir al encuentro de Cristo.
Su mensaje sigue válido en nuestros días. La Iglesia, al llegar el Adviento, lo actualiza con el mismo vigor y energía, con la misma urgencia y claridad: "Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos... Preparad el camino del Señor, allanad su sendero". Sí, también hoy es preciso que cambiemos de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos humildemente ante el ministro del perdón de Dios, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia.
El Bautista apoya con el testimonio de su vida el contenido de sus palabras. Su misma conducta austera y penitente es ya un clamor de urgencia que ha de resonar en nuestro interior de hombres aburguesados, medio derruidos por el confort y la molicie, acallados muchas veces por el respeto humano y por la cobardía de no querer complicarnos la vida: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?... Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y arrojado al fuego". Meditemos estas palabras, reflexionemos en la presencia de Dios, imploremos su ayuda para rectificar y prepararnos así a recibirle como é se merece.
XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (MATEO 25, 31-46)

A punto de iniciar el Adviento gritemos a los cuatro vientos que, nuestra sociedad, nuestra familia, nuestra vida cristiana, necesita de un tiempo de paz, de alegría, de generosidad y de realismo. ¡Qué mejor que los parámetros que nos marca Jesús para dar con este tiempo! ¡Quién mejor, sino el Señor, para que nos indique los caminos que conducen a la justicia, a el amor o a la paz!
¿Estás dispuesto a aceptar a Jesús como Rey? Empieza a desprenderte de aquello que te impide ser miembro de su ejército: la cobardía, la falta de criterio, la ambición o la comodidad
¿Estás dispuesto a honrar a Jesús como Rey? Sirve como El sirvió; ama como el amó; entrégate como El se entregó; perdona como El perdonó….no es poesía. Es el poder bien entendido: nuestro poderío es servicio.
¿Estás dispuesto a festejar a Jesús como Rey? Intenta descubrirlo en aquellos prójimos que, tal vez a tu lado, son castigados por la indiferencia, la soledad o el abandono. En estos tiempos de crisis más que nunca.
¿Estás dispuesto a proclamar la realeza de Cristo? Hazlo, sin temor ni temblor, con tu testimonio y sin desertar de aquellos lugares de decisión donde se cuecen los destinos del mundo, de la familia, de la educación, de la Iglesia.
Que la fiesta de Cristo Rey nos ayude a tomar bando por El. Es decir; no podemos actuar, trabajar, decidir o vivir como si el Señor no estuviera presente o no fuera pieza clave de nuestra historia. Mientras algunos, proclaman con abundancia de medios y con discursos partidistas, que “el laicismo es progresismo”, nosotros, con respeto pero con convencimiento, seguiremos presentando a Jesús como fundamento y garantía del futuro que tenemos por delante.
Parábola de los talentos
Aqui teneis el evangelio de este Domingo hecho con animaciones para los más pequeños. Esperamos que os guste.
XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 25, 14-15.19-21)

Cada uno debe producir al máximo según lo que ha recibido de su señor. Lo peor es el miedo al riesgo y la pereza. Por eso, en la parábola se felicita al que ha ganado dos talentos, porque ha obtenido unos frutos en proporción a lo que tenía. Su señor no le exige como al primero, ya que esperaba de él otro rendimiento, de cada uno espera lo que podía dar. Igualmente se aplica a nosotros, según las posibilidades reales de cada individuo. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de gente enferma, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad... Pero puede darse el caso del tercer siervo del evangelio: no produjo nada con su talento. A Cristo le duele enormemente esa actitud. Se encuentra ante alguien llamado a hacer un bien, aunque fuera pequeño, y resulta que no ha hecho nada. Eso es un pecado de omisión, que tanto daña al corazón de Cristo, porque es una manifestación de pereza, dejadez, falta de interés y desprecio a quien le ha regalado el talento. Temiendo complicarse la vida, el administrador aquel debió pensar, más o menos: "Si lo guardo y se lo devuelvo al dueño en cuanto vuelva, no podrá decirme nada; por el contrario, si negocio con él puede salirme mal". Pero el dueño, al llegar, le llama "malo y perezoso", y lo despide de su trabajo, porque lo que había que hacer no era guardar el dinero, sino arriesgarse y sacarle fruto. ¡Y pensar que el administrador había obrado así por “prudencia”, creyendo que aquello era lo más sensato que podía hacer para no perder el dinero! ¡Qué imprudente había sido, en realidad! Todo esto es más o menos lo que hacemos mucha gente, quizás nosotros mismos cuando decimos: "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo". No es eso, sólo, lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús. Un cristiano no queda en paz con Dios porque no haga daño a nadie: actuar así es hacer lo que el administrador que se guarda su talento y no lo hace rendir. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza porque los dones que tiene sirvan para que avance la causa del Evangelio en el mundo, para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe. Porque si uno se queda encerrado sin preocuparse de nada, sin duda no se encontrará con ningún riesgo ni problema, pero al final Dios le llamará "malo y perezoso", como al administrador del talento. Por el contrario, si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez, pero Dios podrá decirle al final de su vida, que ha sido fiel en lo que Él quería: que los dones que Él ofrece a los hombres den fruto.
¿Cuáles son los talentos que hemos recibido? El solo hecho de tener la vida, es un don que ya hemos recibido. Sería bueno descubrir en cada uno de nosotros todo lo que produce vida, sólo así podremos reconocer nuestros dones.
EL PROXIMO SÁBADO CELEBRAREMOS LA MISA EN LA ERMITA DE LOS SANTOS

Ante la imposibilidad de celebrar la Eucaristía por nuestros difuntos en el cementerio el pasado Domingo, nos reuniremos este Sábado día 8 a las 16:30h en la ermita de nuestros Patronos para ofrecer la Eucaristía por todos los que ya descansan en la paz de Cristo.
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (JUAN 2, 13-22 )

EL TEMPLO: “SIGNO DE LA PRESENCIA DE DIOS”.
Ya sabemos que el verdadero templo de Dios es el hombre. Pero también es verdad que necesitamos de sacramentos de su presencia. De agarraderos que faciliten nos recuerden que sigue vivo entre nosotros. Somos conscientes que, el amor, tiene consistencia en sí mismo (pero la alianza en las manos de los contrayentes lo visibilizan y lo comprometen). De sobra conocemos que la paz es fruto de la justicia (pero realizamos gestos que nos ayuden a conseguirla). El templo, en ese sentido, nos ayuda a celebrar y vivir, escuchar y palpar el amor que Dios nos tiene. Es un rincón al que acudimos, no exclusivamente para encontrar a Dios, pero sí para dedicarle enteramente un espacio del día o de nuestra vida. En el fondo, creo que es así, resulta más fácil vivir sin un constante peregrinar a ese lugar, de referencia y de conversión a Dios, que es el espacio físico de una iglesia.
Si ya nos resulta difícil en la coyuntura actual manifestar públicamente nuestra fe…¿os imagináis una vida religiosa sin presencia en el mundo, sin referencia a una comunidad, sin una corrección fraterna, sin una orientación hacia el dónde y por dónde vamos?. “Los signos nos recuerdan aquello que corremos serio peligro de olvidar”.
EL TEMPLO: “ANIMA LOS TEMPLOS VIVOS”
Somos templos vivos de Dios. Y precisamente por ello, porque somos templos vivos de Dios, necesitamos construirnos día a día. Mejorarnos y renovarnos. Cuando acudimos a un lugar levantado en piedra, contemplamos y caemos en cuenta de la vida y de la riqueza espiritual de una comunidad que cree en Jesús y que necesita de la reunión para confortarse y ayudarse, proclamar su Palabra y llevarla a la práctica. Cada iglesia, en cientos lugares del mundo, se convierte en un estandarte que pregona la presencia de un grupo que espera, intenta vivir y seguir las enseñanzas de Jesús Maestro. “Sólo podremos edificar un mundo mejor si nos edificamos, primero, a nosotros mismos”.
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (MATEO 5, 1-12a )

La santidad de la que hablan estas bienaventuranzas no es sólo la santidad de los pobres que viven su pobreza con espíritu cristiano, es también la santidad de los que han decidido vivir junto a los pobres, compartiendo su pobreza y ayudándoles a salir de ella; no sólo de los que lloran, sino de los que saben llorar con los que lloran; no sólo de los que luchan por la justicia y son perseguidos injustamente, sino de de los que les apoyan y, en circunstancias difíciles, saben ponerse a su lado; no sólo de los limpios de corazón y de los que trabajan por la paz, sino de todas aquellas personas que, desde su anonimato, aman el bien y siembran paz y amor en su familia y en la sociedad; no sólo, en definitiva, de los que sufren por cualquier causa, sino de los que saben estar siempre al lado de los últimos, de los que más sufren y más necesitados están de ayuda.
En esta fiesta de todos los santos vamos a pedirle al Señor que nos conceda vivir siempre en el espíritu de las bienaventuranzas de su Hijo. Así seremos santos y podremos ser verdaderamente felices en esta vida temporal y en la vida eterna.
EL DOMINGO CELEBRAREMOS TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

El domingo tendremos dos Eucaristias para pedir por todos los fieles difuntos:
A las 10 de la mañana en la ermita de San Roque.
A las 6 de la tarde en la parroquia.
XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 22, 34-40)

A menudo solemos decir y escuchar: “yo amo a Dios y no necesito de la Iglesia” “yo hago el bien y, eso, es suficiente”. Y, en estas frases, que pueden ser pancarta de una gran verdad, también pueden darse motivos para la autojustificación, para no beber de las fuentes de la Palabra o, incluso, para amar a Dios y al prójimo…pues eso…”a nuestra manera” pero no “a la manera de Dios”. ¿No os parece que esto es así?
--Cuando decimos “yo amo a Dios” ¿Lo hacemos con todas las consecuencias, en todo y sobre todo?
--Cuando presumimos de hacer el bien ¿Lo hacemos sin distinción, todos los días y a todas las horas como Dios mismo nos ama?
--Cuando, en un intento de posicionarnos al margen de la vivencia religiosa, solemos afirmar que “lo importante es hacer el bien” ¿no os parece que, en el fondo,se esconde una ideología en la que Dios cuenta poco o nada?
Sí, hermanos. De sobra sabemos que amar a Dios y al prójimo es el resumen o la síntesis de todo el evangelio. Pero, cuando uno descubre el amor que Dios nos tiene (y, en contrapartida, el amor que hemos de ofrecer a los demás) es cuandocae en la cuenta que, el resto de los mandamientos, apuntalan todo ese edificio amoroso en el que conviven, disfrutan y se encuentran el amor divino con el amor humano.
O dicho de otra manera: quien ama a Dios, sobre todas las cosas y quien se vuelca en el prójimo como en uno mismo es porque, a la fuerza, cumple a la perfección el resto de los mandamientos. ¿O no?
XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 22, 15-21 )

Hoy, como si de una carambola se tratara, el Evangelio viene como anillo al dedo: ser católico no significa desentenderse de la realidad cotidiana; de los conflictos que sacuden nuestra convivencia. Jesús, con su respuesta sabia y ocurrente, huía de una trampa con la que le pretendían acorralar o desautorizar los fariseos. Les importaba, por todos los medios, ponerlo contra las cuerdas, presentarlo como aquel que iba en contra de los principios establecidos. Como cristianos estamos llamados a iluminar las decisiones de los “nuevos césares” con la luz del evangelio. No tenemos más Dios que Aquel que está en los cielos. Algunos, sobre todo los enemigos de todo lo que huela a Iglesia, se convertirán de repente en afamados teólogos oportunistas al repetirnos “a Dios lo que es Dios y al César lo que es del César”. Eso sí, a continuación, intentarán con todos medios a su alcance, quitar el pan y hasta el agua a todos aquellos que intentan vivir según Dios y no con ciertos dictados de una sociedad caprichosa y servil de intereses no precisamente generales.
Día del Domund; un momento privilegiado para ponernos en pie y, como Pablo, gritar a los cuatro vientos: “sé de quién me he fiado”.
Día del Domund; los misioneros, necesitan de nuestra ayuda económica para llevar el anuncio del Evangelio a tantos rincones del mundo o promover el bienestar social, educativo o sanitario allá donde, en el nombre del Señor, estén llamados a elevar la dignidad de las personas.
Día del Domund; si Dios nos ha dado tanto. ¡Cómo no vamos a darle algo de lo mucho que nos ha regalado! ¡A Dios lo que es de Dios! Que nuestra generosidad, junto con nuestra oración –que también es don divino- sea en esta Jornada Mundial de la Propagación de la fe, un claro exponente de que, como Pablo, también aquí, hoy y ahora, podemos ser misioneros por vocación, con convencimiento y con entusiasmo. ¿Estamos dispuestos?
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 22, 1-14)

El verdadero traje de fiesta. Es verdad que Jesús nos dice que tenemos que prepararnos para participar en el banquete y que los invitados deben acudir vestidos de justicia y santidad, pero lo primero sigue siendo la invitación y ésta es siempre motivo de gozo. Sólo nos hace falta cumplir un requisito, que el evangelio pone como algo externo, pero que en realidad en las bodas se le da demasiada importancia: el vestido adecuado. Es necesario e indispensable entrar con el ajuar apropiado al gran banquete que Cristo nos invitará, este ajuar es la fraternidad. Por eso expulsaron de la boda al hombre que no llevaba el traje apropiado, porque no estaba dispuesto a compartir con los demás, porque seguía empeñado en vivir sumergido en su egoísmo. La conversión que Jesús predica, la penitencia, es un vuelco del corazón ante la sorprendente gracia de Dios que se acuerda de los pecadores y les invita al banquete que ha preparado. No tiene que ver nada con la tristeza del que se ve obligado a abandonar la "buena vida" o con la angustia del que teme un castigo.
La alegría de participar en la fiesta. Podemos imaginarnos la sorpresa de los que fueron invitados en la plaza pública y acudieron al convite desde todos los caminos, la alegría tumultuosa al entrar en la sala del rey..., pues algo así es la alegría de los que creen y aceptan el evangelio. Es verdad que han de posponerlo todo y dejar muchas cosas ante la urgencia del Reino: las tierras, la casa, los negocios... pero lo dejan todo para acudir a una fiesta: ¡Dichosos los llamados a esa fiesta! Los que no entienden tanta alegría no entienden nada, no conocen el auténtico secreto del evangelio. Como no lo comprendieron ni lo aceptaron los primeros convidados de la parábola, los sumos senadores y sacerdotes de Israel, los fariseos que murmuraban porque Jesús se sentaba a beber y comer con los pecadores. No reconocen el despilfarro de la gracia de Dios en Jesucristo. Todos estos, por su culpa, se quedan sin probar bocado del banquete que les había sido preparado. En la eucaristía anticipamos el banquete del Reino de Dios. En la Eucaristía hacemos lo que Jesús nos ordenó que hiciéramos en su memoria, y en ella anticipamos la gloria que nos ha prometido, por eso es una fiesta. Convertir la eucaristía en una simple obligación es aguar su carácter festivo y desfigurar por completo su sentido. Es volver a las andadas y empezar a recorrer el camino viejo que no conduce a ninguna parte, el camino de la ley y de las obras de la ley.
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 21, 33-43)

Muchas veces no entendemos a Dios porque no sabemos amar, amar sin esperar nada, amor por el otro, el amor más cercano al verdadero amor es el de las madres que con gusto darían sus vidas por salvar las de sus hijos.
Nunca podremos entender que el Padre Dios haya unido a la misma muerte de su propio Hijo la salvación de aquellos mismos que lo mataron. Y es que en Dios no cabe revancha, no cabe rencor, ni venganza, ni odio.
Sin embargo la parábola acaba con un gesto de venganza: se le quita la viña y se les da a otros. ¿Es Dios el que quita la viña o el hombre el que la pierde? Como no es Dios el que condena al hombre, es el hombre el que se condena a si mismo, poniéndose voluntariamente de espaldas a Dios para siempre.
Nos puede ocurrir a nosotros. De hecho nos está ocurriendo a los de la católica España. ¿Se está convirtiendo España en un erial sin el jugo de la fe? El norte de África fue una de las cristiandades más florecientes en tiempos de San Agustín, pero sus dueños perdieron la viña. ¿Tenemos nosotros más seguridad que ellos? La elección es nuestra, no esperemos que Dios nos fuerce, nunca lo hará. ¿Llegaremos a entender a nuestro Dios? ¿O nuestra humana sabiduría seguirá tildando de payasa y estúpida a la infinita sabiduría de Dios?
XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 21, 28-32)

El Señor nos enseña en esta parábola que lo que en definitiva vale son las obras y no las palabras, los hechos y no las promesas. Sería interesante oír lo que dijimos en un momento dado cuando llega la hora de actuar. Veríamos, con rubor, cuán lejos estaban las palabras de lo que luego estaríamos dispuestos a hacer.
Jesús habla aquí a los sumos sacerdotes y a los ancianos de Israel, es decir, a lo más selecto de la sociedad de su tiempo, tanto en el plano religioso como en el civil. Pensemos, pues así es, que sus palabras nos alcanzan también a nosotros, pertenezcamos al nivel social que pertenezcamos. En definitiva también nosotros pensamos que basta con hablar y prometer, o estamos convencidos, como ellos, de que somos mejores que los demás, persuadidos de que no haríamos lo que otros hacen.
Os aseguro, dice Jesús, que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de los cielos. Estas palabras debieron herir profundamente a sus oyentes, la élite de Israel. También a nosotros nos escuecen. Pero así es... Porque mucha de esa pobre gente, tan despreciable y despreciada, se sabe pecadora, y quizá se duela de serlo, aunque siga siéndolo por vicio, o por la dificultad que supone dejar esa situación.
Pero en muchos casos, su dolor y pesar les lleva a cambiar de vida, y como la Magdalena llegan a querer con locura al Señor, que tanto les ha perdonado. Mientras el que se cree justo, o simplemente regular, vive de manera mediocre, sin grandes inquietudes por mejorar, amando con languidez y tibieza al Señor.
XXV Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 20, 1-16)

Vamos a pararnos a considerar nuestra vida en el momento presente, vamos a pensar si realmente estamos trabajando en la viña del Señor, o por el contrario, nos empeñamos en vivir ausentes de la gran tarea de salvar al mundo. Es cierto que el amo de esta viña va a ser comprensivo y bueno, dándonos al final no según el resultado de nuestro trabajo, sino según la medida generosa de su gran corazón. Pero eso mismo nos ha de empujar a trabajar con denuedo y afán renovado. En definitiva, de lo que se trata es de que hagamos en cada instante, con sencillez y rectitud de intención, lo que debemos hacer.
Otra lección importante que se desprende de esta página evangélica es la de saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.
Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A veces por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de mirar a los que tienen más, mirar a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces por no tener no tienen ni lo necesario.
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (JUAN 3, 13-17)

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él. El único motivo por el que el Dios Padre envió su Hijo al mundo fue el amor. No lo envió para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El amor siempre intenta salvar, nunca destruir. También Dios nos ha enviado a cada uno de nosotros a este mundo para que intentemos salvarlo, en la pequeña medida de nuestras posibilidades. Sabemos que nuestros esfuerzos para construir un mundo mejor nos van a suponer trabajo y dolor, pero este sí es un dolor que Dios quiere, porque se trata de un dolor redentor, fruto del amor. Este dolor, esta cruz, sí la quiere Dios para los discípulos de su Hijo.
Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo... hasta someterse a una muerte de cruz. Así lo entendieron y así lo practicaron también tantos santos y santas cristianos que, por amor a Dios y al prójimo, entregaron lo mejor de sus vidas al servicio de los más pobres y marginados. Supieron despojarse de su rango burgués y acomodado para intentar salvar a personas a las que la sociedad no les había dado ninguna otra posibilidad de salvación humana y cristiana. Cada uno de nosotros puede poner los nombres y apellidos que más prefiera, para recordar a tantas personas cristianas que, a lo largo de la historia, escogieron la pobreza y la marginación para salvar a los más pobres y desheredados de la tierra. A todos ellos, como a Cristo, queremos exaltarles nosotros ahora en la cruz de su dolor redentor, fruto y consecuencia de un inmenso amor.
XXII Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 16- 21- 27 )

Perder la vida por Cristo es ganarla. En tres ocasiones predice Jesús con claridad su pasión y su muerte. Sus discípulos nunca entendieron concretamente lo que les decía. En sus mentes no podía entrar que el Mesías, el rey de Israel tan deseado, hubiera de padecer y ser rechazado por las autoridades del pueblo elegido. Por eso Pedro no puede contenerse y salta, decidido a disuadir al Maestro de llegar a semejante final, aunque hablara también de la resurrección. Considera descabellado pensar en un triunfo después de la muerte. Por eso lo mejor es que no muera de aquella forma que predecía.
En el fondo lo que intentaba San Pedro es que el triunfo definitivo llegara por unos cauces más normales y más seguros y no pasando por aquel trance terrible que Jesús anunciaba. Pero la reacción del Maestro es clara y decidida. Pedro no se esperaba aquellas palabras dirigidas a él, y para colmo delante de todos los demás. Nunca el Maestro había llamado a nadie Satanás. Y en ese momento llama así a Pedro, que lo único que intenta es que el Maestro no pase por aquel mal trago... La respuesta de Jesucristo muestra cuánto deseaba Él cumplir con lo dispuesto por el Padre, beber el amargo cáliz de su pasión. Por eso rechaza con energía e indignación la propuesta de san Pedro, increpándole de aquella forma tan sorprendente y tan inhabitual en el Maestro.
Para llegar a la Redención sólo hay un camino, el señalado por Dios Padre. Este es así y no hay vuelta de hoja. Planes misteriosos de Dios que, en cierto modo, se repiten de una u otra forma, en cada uno de nosotros. Por ello, sólo si aceptamos la voluntad divina, sellada a menudo con la cruz, podremos alcanzar la vida eterna.
Jesús aprovecha la ocasión para hacer comprender a los suyos que los valores supremos no son los de la carne, ni los del dinero. De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si al final pierde su alma. Es preciso abrir los ojos, encender la fe, mirar las cosas con nuevas perspectivas. Así, aunque de momento pueda parecer que perdemos algo, incluso la vida misma, en definitiva saldremos ganando mucho más.
EL SÁBADO DÍA 16 CELEBRAREMOS LA EUCARISTÍA EN LA ERMITA DE SAN ROQUE

A las 21:00h nos reuniremos como cada año a dar gracias a Dios en la celebración de la Eucaristía en honor de San Roque. Pediremos por todos los que viven en este barrio de nuestro Pueblo y daremos gracias a San Roque por todas las cosas buenas que nos concede.
XX Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 15, 21-28)

Jesús atiende a una mujer cananea y señala que es muy grande su fe. En el episodio del evangelio de hoy observaremos a una mujer que va al encuentro del Señor Jesús, como alternativa real para la solución de un grave problema. Podremos darnos cuenta como Jesucristo derrama su Misericordia. Los cananeos fueron enemigos tradicionales de Israel en el AT. Ellos eran descendientes de Canaán, hijo de Cam y poblaron desde antes del segundo milenio A.C. la tierra que luego sería “prometida” a Abrahám en la fértil Mesopotamia… Después que los israelitas conquistaron Canaán, bajo el mando de Josué, los cananeos que sobrevivieron a la derrota se desplazaron hacia el norte y se refugiaron en Tiro. El relato que abordamos hoy tiene dos facetas. Comienza con la petición de una mujer por la salud de su hija que se encontraba muy enferma. Casi en simultáneo, la narración deriva en el tema de la fe de la mujer y de la inclusión de los no judíos en la salvación que llega con Jesús, el Cristo. El primer elemento exige un milagro de curación con la intervención directa del Señor Jesús. El segundo aspecto pone en escena a la mujer con su humildad, su insistencia y su fe. Esta mujer procuró llamar su atención alzando la voz y reconociendo públicamente el linaje davídico del Señor. Luego de vencer los obstáculos, se postró ante El para solicitar la sobrenatural curación de su hija. La reacción verbal del Señor Jesús ante esta mujer, resulta increíblemente áspera, especialmente cuando la comparamos con las palabras que el mismo Jesús había pronunciado en ocasión de la fe del centurión romano, como primicia que anunciaba que los “gentiles”, gozarían en un futuro cercano de las bendiciones prometidas a Israel. En el comienzo del relato, pareciera que Jesús no rechaza a la mujer pero que tampoco muestra intención de atender a su petición.
La fe mueve montañas. No estamos acostumbrados a encontrar en los evangelios textos donde Jesús, ante una persona que clama por Su Misericordia, responda distinguiendo entre “los hijos” y “los perros”. Es posible que la fría página impresa esconda un elemento de presión, ironía o provocación por parte de las palabras de Jesús. El confrontó a la mujer cananea con el tipo de lenguaje que un gentil podría esperar de un judío y, resulta altamente significativo que la fe de la mujer se elevó a la altura de la prueba. La respuesta de ella reconocía la prioridad de la misión de Jesús hacia Israel pero, a pesar de eso, reclamó una extensión de esa misión para los gentiles. Ella era conciente del incluyente plan que Dios había anunciado a Abraham en el pasado (Génesis 12:1-3) y que dicho plan salvífico alcanzaría a “todas las familias de la tierra”. Jesús le promete que se va a cumplir lo que desea porque es muy grande su fe
La Asunción de la Virgen María, 15 de agosto de 2008

El canto, el Magníficat, con el cual la Virgen alaba al Señor por su amor y lealtad con la humanidad, es una síntesis de la obra salvadora que vine a realizar Jesús; ha llegado el momento de la liberación y la justicia para los más pequeños; el momento de un nuevo amanecer porque, Cristo, Luz del mundo está entre nosotros, y esto lo expresa María, asistiendo a Isabel, su parienta anciana, que lleva en su seno a Juan el Precursor; el Evangelio según Lucas nos dice que María estuvo 3 meses con ella, tiempo que dedicó María a ayudar y servir a Isabel; a vivir con ella el Misterio, la realización del Plan de Dios. María e Isabel vivieron, tal vez como nadie, la fe, la esperanza y el amor. Este momento de la Visita de María a Isabel es también el primer encuentro entre Jesús y Juan, quien salta de gozo en el seno de su madre, porque sabe que está ante el Salvador. Isabel, proclamándola "bendita entre las mujeres" indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!". La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree. Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.
Anticipo de nuestro futuro. El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Virgen María El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre.
XIX Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 14, 22-33)

¡Señor, sálvame! Jesús se nos muestra con frecuencia recogido en oración. Él que venía a enseñar a los hombres estando en medio de ellos, se retiraba a menudo para estar a solas con el Padre. Ese gesto ya era un modo claro de enseñarnos que hemos de retirarnos a la soledad para hablar con nuestro Padre.
Se ha dicho, y es verdad, que la oración es como el respirar del alma. En efecto, es imposible vivir una vida interior seria, de íntima unión con Dios, si no se hace mucha oración. Por otra parte, y dicho de otra manera, es imposible alcanzar la perfección cristiana sin hacer oración. Quizás por eso hay pocos santos, porque no hay muchos que hagan oración.
La oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él. De ahí que la oración levante el ánimo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.
El texto nos narra también que los apóstoles bogaban en medio del mar encrespado, que el viento y las aguas estaban a punto de hundirles la barca. En aquella noche cerrada, las olas se agitaban y los vientos les eran contrarios. Jesús se les acerca entonces. Atónitos contemplan cómo anda sobre las aguas. Es un fantasma, gritan aterrados. Pero el Señor exclama: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Fueron unos momentos que luego han pasado a ser un símbolo para todos los que se encuentran en medio de un peligro similar, esos momentos en los que parece que todo está perdido y nos hundimos en medio de la oscuridad que nos rodea. Entonces hemos de escuchar cómo también a nosotros nos dice que no tengamos miedo. Sí, el Señor está siempre cerca y nos anima.
Pedro, como tantas veces, intervino de modo un tanto atrevido. Y se pone a caminar sobre las aguas, hacia Jesús que le espera. Se sostiene por unos momentos, pero de pronto duda y comienza a hundirse. ¡Señor, sálvame!, grita asustado... Qué poca fe. Como tú y yo tantas veces. Pero no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando todo parezca perdido y nos salvará.
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 14, 13- 21 )

Un texto cargado de simbolismo. El milagro de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelistas. El número de cinco panes y dos peces (5 + 2 = 7) significa la plenitud del don de Dios. Y las «doce canastas» de sobras están significando la superabundancia de los dones de Dios. El número 5.000 representa simbólicamente una gran muchedumbre. Los apóstoles, acomodando a las gentes, repartiendo el pan y recogiendo las sobras, hacen referencia a la Iglesia, dispensadora del pan de los pobres y del pan de la Palabra y la Eucaristía. Jesús une la palabra y el pan. La Iglesia, si quiere ser fiel a Cristo, ha de unir a la palabra el pan de la caridad. Si mi prójimo dice: «tengo hambre», es un hecho físico para el hermano y moral para mí. Basta que pongamos nuestros cinco panes y dos peces. Y estos cinco panes y dos peces pueden ser quizá mis muchas o pocas virtudes, mis logros, triunfos pero también mis caídas y fracasos. En definitiva basta que nos abramos completamente a Jesús y le demos todo lo que tengamos sea poco o mucho, de esto Él se encarga.
El gran milagro es el del “compartir” los dones que Dios nos ha dado. Los pastores de la Iglesia han de dar ese pan y ayudarnos a compartirlo. Deben ayudar a que llegue a todos el pan que mata el hambre del cuerpo, y el pan de la palabra y la Eucaristía, que sacia el hambre más existencial del hombre. En este milagro de la multiplicación de los panes se ven como diseñadas las tareas pastorales de la Iglesia: predicar la palabra, repartir el pan eucarístico y servir el pan a los pobres. El fondo profundo de este milagro es que, aunque fuera un hecho verdaderamente espectacular, no fue más que un leve signo de una profunda realidad: Dios se da a sí mismo en alimento con infinito amor para consuelo y vida de los hombres. «Yo soy el pan vivo —dice Jesús— bajado del cielo» (Jn 6,51). Pero la multitud que sigue a Jesús, le escucha y come su pan, hoy como ayer, por desgracia, no se convierte ni adapta su vida a las enseñanzas de Jesús. Así el Señor les llega a decir: «Me buscáis... porque habéis comido pan y os habéis saciado» (Jn 6,27). ¿No sigue sucediendo esto mismo hoy en la Iglesia?
DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 13, 44- 52)

¿Qué cosas son las que nos impiden encontrar el tesoro que nos hace felices? Las parábolas desean resaltar el gran valor del Evangelio predicado por Cristo, verdadero tesoro a descubrir, verdadera perla por la cual vale la pena venderlo todo. El acento se pone en el “descubrimiento” de Cristo que exige como consecuencia el “desprendimiento” de todo lo que se posee (no sólo lo material en cuanto dependencia de los bienes, también las maneras de actuar y pensar diferentes a las del reino), y así adquirir la perla encontrada. Esta acción debe estar caracterizada por la “alegría” y en “libertad” al llevarla a cabo, pues consideramos que vale la pena, porque el “comerciante” es una persona sabia. Esta es la actitud del cristiano que “entiende” la palabra de Cristo. A través de estas escenas rápidas pero esenciales, recibimos un mensaje concreto de sagacidad, rapidez y radicalidad de decisión, de alegría al realizarla. El evangelio es un mensaje siempre antiguo y siempre nuevo, no un anuncio fúnebre. Jesús nos invita ha aspirar a los bienes superiores y por esa razón debemos renunciar a bienes inferiores que aunque implican una renuncia no debemos preocuparnos ni sobrevalorarlos pues son transitorios. Es una renuncia positiva, pensada, hecha con capacidad ya que es darle un lugar al más, al mejor, un dar el todo por “el todo”; por esta razón hay “alegría” en nuestra decisión de renuncia. No olvidemos que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Este tesoro, perla preciosa es la palabra de Cristo, el reino, Cristo mismo. Darlo todo por él es ganarlo, no perderlo. Es importante que pensemos qué “bienes” que consideramos valiosos nos están impidiendo hacernos de ese “campo” donde está el tesoro escondido, que tipo de actitudes nos impiden actuar ante los demás como esa “perla” de gran valor.
Solemnidad de Santiago Apostol, Patron de España, 25 de julio

Honrar, la figura de Santiago, es creer firmemente en la Resurrección de Cristo. No podemos ponernos en marcha hacia el sepulcro del Apóstol y pensar que, nuestro objetivo, ha sido cumplido: besar su sepulcro, abrazar su efigie es abrazar la fe en Cristo muerto y resucitado.
Avanzar hacia Santiago Apóstol es pedir, por su intercesión, el vivir la experiencia que él tuvo en el Monte de la Transfiguración.
Rezar al Apóstol es crecer, ahondar y perseverar en la oración como él lo hizo con Jesús en el Huerto de los Olivos
Seguir las huellas de Santiago es saber que, evangelizar, anunciar a Cristo, puede empujarnos a no ser afamados y sí despreciados o marginados.
¿Es el camino espiritual de Santiago el nuestro? ¿No estaremos dando excesiva importancia al camino material desnudándolo de lo que fue genuino, origen y medular en él? ¿Es el camino hacia Santiago un camino hacia Cristo o un incentivo puramente cultural? ¿Es el camino de Santiago kilómetros de oración y de conversión o deporte sano y bueno?
Sí; amigos. Orientarse hacia Santiago es sentir la llamada de Jesús maestro: ¡Ven y sígueme!
No podemos consentir que, el camino que algunos pretenden y promueven –camino hacia ninguna parte- esconda, disimule o maquille el tesoro que llevamos en vasijas de barro. El tesoro que vamos buscando. El tesoro que, Santiago, sembró en estas tierras para que fuera descubierto, conocido y amado: JESUS HOMBRE SALVADOR.
Hoy, en España, se vislumbra una nueva y segunda evangelización. Por cierto; los secretarios de todas las Conferencias Episcopales de Europa, se reunían recientemente en Covadonga. Una de las conclusiones que llegaron fue precisamente a ésta: estamos en condiciones de presentar, de nuevo y con fuerza, el mensaje de Jesucristo.
XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 13, 24-43)

Ser trigo y no cizaña.- Las palabras de Jesucristo conservan aún su lozanía y su sencillez. Sus metáforas e imágenes son universales, válidas después de tantos siglos; tienen la misma fuerza expresiva, la misma carga doctrinal. El campo de la siembra, nos dice hoy, es el mundo. En ese terreno ancho, un campo abierto, sembró Dios siempre. Sin descanso alguno. Ya al principio su semilla cayó generosa. Sin embargo, la tierra no siempre respondió. El Señor quiso al hombre libre, capaz de optar por el bien o por el mal. Y el hombre optó por el mal. Por eso, junto al buen trigo, creció la sucia cizaña, la mala hierba.
Dios puede escardar ya a fondo y limpiar del todo su sementera. Pero no quiere hacerlo, para no correr el riesgo de arrancar el trigo con la cizaña. Quiere dar ocasión a la mala hierba, para que se cambie en buena. Pensó que el hombre, al ser todavía libre, podría recapacitar y convertirse de su mala vida. De hecho, muchos así lo hicieron y descubrieron a tiempo la desgracia que implica el vivir lejos de Dios, y se volvieron a él, avergonzados y arrepentidos. Ahora sigue el proceso de ese crecimiento conjunto del trigo y la cizaña. Dios espera... Miremos hacia dentro y convirtamos lo malo en bueno, y lo bueno en mejor. No seamos cizaña que envenene el mundo, seamos buen trigo que sirva de alimento a los hombres y de satisfacción a Dios.
Porque al final tendrá lugar la siega. Entonces el trigo será reunido en los graneros luminosos de una eternidad feliz, mientras que la mala hierba será quemada para siempre en los tenebrosos parajes del infierno. Dios espera paciente, hemos dicho y lo repetimos, pero no indefinidamente. Hay un plazo, cuya extensión ignoramos. Puede ser largo, o puede no serlo. En realidad siempre, al final lo entenderemos, es un plazo corto pues el tiempo, por su misma naturaleza, es fugaz y efímero.
XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO Solemnidad de San Pedro y San Pablo (MATEO 16,13-19)

¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR!
Que sostenga un poco más tu Iglesia,con la fuerza y el calor de tu Palabra. Que me haga sentir, de arriba abajo, y de abajo arriba, tú presencia y tú poder, tu presencia y tu voz, tu energía y tu confianza en mí. ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Como Pedro, que diga quién eres Tú: ¡El Mesías!Como Pedro, que confiese sin temblor: ¡Eres el Hijo de Dios vivo! Como Pablo, que de los mil caballos en los que voy montado, Señor, caiga para que descubra, una y otra vez, que caminas a mi lado y no me abandonas, Señor. ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Útil y siempre abierto y buscando tu voluntad Firme y agarrado a tu Gracia. Recio y embellecido por la oración. Limpio y resplandeciente por la luz de la fe. ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Como Pedro, con los poros de las limitaciones. Como Pablo, con la experiencia de dos mil años ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Que sostenga, con mi pobreza, la gran riqueza del Evangelio. En el que edifiques, en mi debilidad,el imperio y la grandeza de tu Reino. ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Como Pedro, sin miedo a ser destruido ni derrumbado por el enemigo de la fe. Como Pablo, aventurero y abierto para elevar, sobre mí mismo, lo que muchos todavía no conocen: A JESUCRISTO ¡QUIERO SER UN PILAR, SEÑOR! Y que Tú, cuando quieras y como quieras, edifiques cuando quieras y como quieras. Amén.
XII Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 10, 26- 33 )

Nuestras fuerzas son las que son, pero ¿nuestros ideales? ¡Nuestros ideales son los mejores! En nuestra confianza en Dios está el secreto para llevarlos a cabo. El Señor va por delante. Poco nos importa que, en algunos países, la Iglesia tenga la fama que tiene o que, el Papa, Obispos y sacerdotes, sean constantemente presos del escarnio y de la burla. ¡Más le hicieron a Jesús Maestro! El Señor va por delante e, incluso en esas situaciones, se pondrá de nuestra parte aunque aparentemente creamos estar caminando solos.
La Nueva Evangelización, de la que tanto nos hablaba Juan Pablo II y a la que nos convoca también Benedicto XVI, empezará cuando el Evangelio, Jesucristo y la Iglesia misma, cuente con cristianos seguros de lo que llevan entre manos. Personas valientes que, allá donde se encuentren, sepan defender la causa de Jesús y se muestren como lo que son: como cristianos.
La Nueva Evangelización, y no nos escandalicemos, pasa por empezar desde cero a fraguar la vida de muchos cristianos que viven como si no lo fueran. A formar familias desde el Evangelio. A ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad civil sin renunciar ni menospreciar los valores del cristianismo. Sólo entonces, cuando seamos templados, cuando lleguemos a ese grado de madurez, es cuando veremos y comprobaremos que el Señor va por delante. Porque Jesús, si viniera de nuevo, recogería aquel viejo proverbio: “las cosas claras y el chocolate espeso”. Aunque sienten mal las primeras o, el chocolate, a más de uno se le atragante.
XI Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 9, 36- 10,8)

Debemos dar gratis lo que hemos recibido gratis. Somos elegidos para un programa liberador: para anunciar y dar vida. Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas normas morales y unas leyes eclesiásticas. Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer diversos servicios de catequesis y educación en la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad los sacramentos. Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis". Nuestra primera tarea, también hoy, es proclamar que Dios está cerca de los hombres y mujeres, empeñado en darnos vida y felicidad. A la vista de un pueblo extenuado y abandonado (pobres y marginados, Tercer Mundo), de la escasez de trabajadores (pocos cristianos decididos, pocos seguidores comprometidos) y de una tarea abundante (la justicia del Reino en el mundo), Jesús asocia a doce colaboradores (sentido de comunidad) a su propia actividad. Mediante un acto creador (una llamada), Jesús "hizo" a los doce. Y les pone unas condiciones mínimas: tener cuidado con la "tierra de paganos" (la injusticia, el individualismo, la indiferencia…), ir a las "ovejas descarriadas" (no centrarse en la pastoral de la conservación) y proclamar "el Reino de los Cielos" con hechos (en su totalidad) y "gratis" (sin la obsesión del dinero y de las recompensas). Dios nos necesita de verdad y con urgencia...
X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 9, 9- 13)

La mejor ofrenda es el amor. El Profeta Oseas nos recuerda que Dios quiere misericordia y no sacrificios. Jesús explica esta frase en el evangelio de hoy después de llamar a Mateo. Con ella pide a los que le critican que imiten su Amor y su Misericordia. Pero, ¿quiere decir Jesús que realmente no desea sacrificios y ofrendas? Bien analizada esta frase y comparada con otras, podremos tener su verdadero sentido. Recordemos esta otra instrucción de Jesús: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-25). No quiere decir, entonces, que el Señor no desea nuestras ofrendas, sino que primero y ante todo desea que le amemos a El sinceramente y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. Si es así nuestra relación con Dios y con los demás, nuestras ofrendas serán entonces agradables al Señor. La mejor ofrenda que podemos hacer en el momento del Ofertorio es nuestra propia vida y nuestro deseo de seguir a Jesús.
Perdonar como Dios nos perdona. El Señor nos llama a amar como El nos ama, sobre todo siendo misericordiosos como El es misericordioso. El Señor nos llama a saber perdonar, a saber “ponernos en la piel de los demás”, para poder ser comprensivos, compasivos, misericordiosos, magnánimos, bondadosos, etc. Sólo así Dios nuestro Señor aceptará nuestra ofrenda cuando vayamos a presentarnos ante el altar, cuando cada día o cada semana durante la Eucaristía nos presentemos ante El para pedirle perdón, para orar y para participar en su Mesa.¿Cómo podemos nosotros ser misericordiosos como Dios es misericordioso? A veces cuesta mucho, pues nuestra tendencia natural es el juicio, el resentimiento, la venganza. Pero la receta es sencilla: hay que amar a Dios primero; es decir, complaciendo a Dios en lo que El nos pide, entregándonos a El para hacer sólo su Voluntad; orar para descubrir y seguir la Voluntad de Dios. De esa manera, su Amor crecerá en nosotros para nosotros poder prodigarlo a los demás, y así ser también nosotros misericordiosos.
IX Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 7, 21-27)

Construir nuestra vida sobre la Roca firme, que es Cristo. En nuestra vida existe una contradicción. Por una parte, la oferta que nos hace la sociedad en la que vivimos es de una forma de vida que se presenta cómoda y atrayente a nuestros ojos y que rinde culto al “vive como quieras”. Por otra parte, el camino que Dios te ofrece, una senda que exige abandonar el yo a favor del tú y que, además, no es comprendido por los que te rodean. Al elegir seguir el camino del Evangelio debes estar dispuesto a salir de ti mismo para entregarte a tus hermanos. Esta renuncia es inútil si la vives como un sacrificio que has de hacer para conseguir una parcela en el cielo. Sólo tiene sentido desde el amor y desde una conversión profunda que te lleva a hacer tuyos los valores propuestos por Jesús. La felicidad sólo se consigue con la fidelidad, edificando nuestro edificio espiritual sobre la roca firme del amor de Dios. Jesús no promete una vida sin pruebas, Jesús promete que si la casa se construye sobre la roca permanecerá a pesar de los fuertes vientos y tempestades. Nuestra vida permanecerá firme al fin de los tiempos, si construimos sobre las enseñanzas y el amor de Cristo. Lejos de El será una casa que se construye sobre arena y por consiguiente puede derrumbarse frente a las vicisitudes, calamidades, mal sabores y contrariedades de la vida, puede perderse entre el inmenso desenfreno y malas raíces que nos da el mundo exterior y quedar una y otra vez sedientos hasta arruinarnos. La felicidad del hombre se puede reducir a la ruina, pero si construimos con conciencia sobre la Roca a pesar de las contrariedades, sinsabores, fracasos, dudas, penas, decepciones, desilusiones, amargura, oscuridad, injusticias etc. nada ni nadie nos derrumbará.
Con dinero podemos:
Comprar una cama, pero no un sueño.
Libros, pero no cultura.
Comida, pero no apetito.
Adornos, pero no la belleza.
Una casa, pero no un hogar.
Medicinas pero no salud.
Lujos pero no simpatía.
Diversiones, pero no felicidad.
Un crucifijo, pero no un Salvador.
Una iglesia, pero no el cielo.
Y recuerda que lo que el dinero no puede comprar,
Dios nos lo da diariamente sin cobrar!
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (JUAN 6, 51-58)

Hoy, al contemplar la custodia, por supuesto que experimentamos una fuerza interior. Algo que nos llena y que nos hace vivir, muy de cerca y con verdad, la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Pero ¿y luego? A continuación, esa emoción, se ha de convertir en hechos. Si Jesús va por delante y nos espera en los “galileas de hoy”, no podemos conformarnos con alfombrar calles y balcones. O mejor dicho; si que hemos de alfombrar pero, sobre todo, las almas, los corazones, las instituciones, la familia, la educación, los valores y tantas otras cosas que están necesitadas de un “toque de Dios”. 3.- El Corpus, en ese sentido, nos puede venir muy bien para impregnar, no sólo con aroma de incienso, y sí con una intensa vida cristiana nuestro existir y, por lo tanto, la realidad que nos rodea. ¿Lo haremos? ¿Nos comprometemos en más propuestas de fraternidad, a la caridad, en el amor sin farsa y sin tregua?
-Que el pan de la vida, en medio de tantas mesas vacías y necesitadas, sea hoy también una llamada a dar algo de nosotros.
-Que el pan de la vida, que es el Cuerpo de Jesucristo, sea para nosotros aquel Memorial del que mucho nos amó y mucho nos dio.
-Que el pan de la vida nos haga decir aquello que nuestros mártires proclamaban “sin el domingo no podemos vivir”.
-Que el pan de la vida, ante tanto pan sucedáneo, sea una llamada a buscar la autenticidad, los bienes que merecen la pena.
El Señor nos precede en los caminos de la vida. Si le comulgamos, en este día del Corpus, hemos de implicarnos en aquello que fue su deseo: “Id al mundo entero y predicad el evangelio”
Es bueno, que el PAN DE LA VIDA, recorra nuestras calles y plazas; que vea al anciano o el enfermo que se asoman desde el balcón; que el Señor sea bendecido y honrado de mil formas, pero a continuación, nos tendremos que mojar, un poco más, para que su Cuerpo, lejos de ser arrinconado y olvidado en un sagrario, contribuya a promover la justicia, el amor, la libertad, la paz a través, de esos “otros cuerpos” que somos todos los cristianos diseminados por todo el mundo. Y, eso, si que será un buen fruto espiritual del Corpus Christi. ¿Lo intentamos? ¡Viva Jesús Sacramentado!
DOMINGO DE PENTECOSTÉS (JUAN 20, 19-23)

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Este es nuestro consuelo: que para ser buenos cristianos da igual que tengamos oficios y cargos más altos o más bajos, que seamos más guapos o más feos, que hayamos estudiado un poco más o un poco menos. Si todo lo que decimos y hacemos, lo decimos y hacemos en nombre del Espíritu y movidos por el Espíritu, todo contribuirá al bien común. Puesto que todos somos miembros del cuerpo de Cristo, lo importante es que cada uno realice con la mayor dignidad posible la función que le ha sido encomendada. No nos van a juzgar por los muchos o pocos dones que hayamos recibido del Espíritu, sino por el uso que hagamos de esos dones recibidos.
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Si nos sentimos discípulos del Resucitado, debemos sentirnos enviados. Enviados para predicar el evangelio de Jesús, el evangelio de la paz, del perdón, de la alegría. En ese primer día de la semana, nos dice el evangelista San Juan, Jesús se puso en medio de ellos y les llenó de paz y alegría: los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. También mandó el Señor a sus discípulos que fueran mensajeros del perdón de Dios: a todos a los que perdonéis los pecados, les quedan perdonados. ¡Qué bella misión nos ha encomendado el Señor! Que seamos mensajeros de paz, de alegría y de perdón. Debemos intentar que nuestra predicación, y toda nuestra vida, llenen de paz, de alegría y de perdón el alma de todas las personas de buena voluntad que se acerquen a nosotros.
Solemnidad de la Ascensión del Señor (MATEO 28, 16-20) 4 de mayo de 2008

La Ascensión no es un puro simbolismo. Se trata del final de una etapa y es la que Jesús quiso pasar en la tierra para construir la Redención y poner en marcha el camino hacia al Reino. Bajó primero y volvió, luego, al Padre. Y de acuerdo con su promesa sigue entre nosotros. Su presencia en el Pan y en Vino, en la Eucaristía, es un acto de amor supremo. Y nadie que reciba con sinceridad el Sacramento del Altar puede dejar de sentir una fuerza especial que ayude a seguir junto a Jesús y a consolidar el perdón de los pecados. Hoy debemos reflexionar sobre como ha sido nuestro camino en la Pascua, de como hemos reconocido en el mundo, en la vida, en la naturaleza, el cuerpo de Jesús Resucitado. Y de como, asimismo, nosotros hemos subido un peldaño más en la escala de la vida espiritual. Pero, nos faltaran motivos y fuerzas. Y esas nos las va a dar el Espíritu de Dios, pero conviene que analicemos nuestro propio sentir y talante al respecto, para que nos aproveche más y mejor esa llegada del Espíritu. Probablemente, seguimos pensando en el reino temporal, en las preocupaciones de la vida cotidiana: el trabajo, en el dinero, en el éxito, en nuestros rencores y miedos. Pues si es así, no importa porque definiremos la esencia de dicho reino temporal. Una vez conocido, será más fácil de arreglar. Y será el Espíritu quien nos haga ver lo verdaderamente importante. Esperemos, pues. Con alegría y emoción.
VI Domingo de Pascua (JUAN 14, 15-21)

Obras son amores.- Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Esta frase del Señor en el evangelio de hoy, podría formularse también al revés y decir que el que guarda los mandamientos de la ley de Dios es quien le ama realmente. Esto es así porque obras son amores y no buenas razones. Afirmar que amamos a Dios y luego no cumplir con sus mandatos es un absurdo, algo que no tiene sentido, un contrasentido, una mentira. Lo enseña el Maestro en otra ocasión al decir que no el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino aquel que cumple con la voluntad de Dios. Estemos, por tanto, muy alertas, pues resulta fácil que nuestra caridad se quede en palabras y promesas, sin pasar a la realidad de una entrega responsable y constante al querer divino.
Jesús nos promete en este pasaje evangélico que pedirá por nosotros al Padre, a fin de que nos envíe el Espíritu Santo y sea nuestro defensor para siempre. En Pentecostés se cumpliría plenamente la gran promesa de Cristo. Desde entonces el Espíritu de la Verdad está presente en la Iglesia, para asistirla e impulsarla, para hacer posible su pervivencia en medio de los avatares de la Historia. También está presente en el alma en gracia, llenándola con su luz y animándola con su fuego. Sí, el Espíritu sigue actuando, y si secundamos su acción en nosotros, será posible nuestra propia santificación.
"No os dejaré desamparados, volveré”. También estas son palabras textuales de Jesús en la última Cena, en aquella noche inolvidable de la Pascua. Hoy, después de tantos años, podemos comprobar que el Señor cumplió, y sigue cumpliendo, su palabra. Él está presente en medio de nosotros, nos perdona cuantas veces sean precisas, nos ayuda a olvidar nuestras penas, nos fortalece para no desalentarnos a pesar de los pesares. Nos favorece una y otra vez por medio de los sacramentos que la Iglesia administra con generosidad y constancia.
No estamos solos, aunque a veces así pueda parecerlo. Dios está muy cerca, a nuestro lado, dentro del alma. Es preciso recordarlo con frecuencia, descubrir su huella invisible en cuanto nos circunda, advertir sus mil detalles de cariño y desvelo. Y tratar de corresponder a su infinito amor, ya que el amor sólo con amor se paga.
HORARIOS DE MISA PARA LAS FIESTAS

Sabado día 19 a las 20:30h en la ermita de los Santos Mártires.
Domingo día 20 a las 13:00h en la parroquia presidida por el Rvdo. Sr. D. Juan Romero Guirao.
Lunes día 21 a las 13:00h en la parroquia presidida por el Rvdo. Sr. D. Antonio Ramón Salvador Martín.
V Domingo de Pascua (JUAN 14, 1-12)

Jesús es el camino. Son muchas las ocasiones en que Jesucristo anima a los suyos, exhortándolos a que no tengan miedo, a que no pierdan la calma. En otras ocasiones les echa en cara su falta de fe, su actitud apocada o temerosa. Para un hombre que cree en el poder y el amor de Dios, no es concebible el miedo y la angustia. En esta ocasión que consideramos, las palabras de Jesús fueron pronunciadas en la última Cena, en la víspera de su pasión y muerte. Por eso tienen un mayor significado y valor.
Hay muchas moradas en la mansión del Padre, les dice, hay sitio para todos. Algunos han interpretado estas palabras como reconocimiento de que hay múltiples formas de caminar hacia Dios, y que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra. Desde luego, es cierto que Dios, al querer libre al hombre, permite muchas maneras de amarle y de servirle. Esto nos ha de animar a caminar por nuestro propio sendero, con alegría y con decisión, conscientes de que si lo recorremos con la mirada puesta en Dios, amándole con toda el alma, nuestro camino, sea el que sea, nos llevará hasta la meta ansiada, hasta la salvación eterna de nuestra alma.
Todo camino humano, por tanto, puede ser divino. Para ello es preciso recorrerlo, decíamos, con la mirada puesta en Dios, queriéndole sobre todas las cosas. Jesús nos lo especifica y aclara todavía más, nos señala sin titubeos el camino, diciéndonos que él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso es necesario que todos los caminos humanos, para ser divinos, han de pasar de una forma u otra por Cristo mismo. Es decir, en nuestro caminar de cada día hemos de procurar imitar a Cristo, ser fieles a su doctrina de paz y de gozo, de esfuerzo y de lucha.
De aquí la importancia de contemplar con frecuencia la vida de Cristo, de escuchar y de meditar sus palabras, de tratarle en la oración, de recibirle en nuestra alma en la Sagrada Comunión, limpios y fortalecidos con la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia. Hay que vivir con el afán constante de no apartarnos nunca de Cristo y de estar pendiente de él, hagamos lo que hagamos. De ese modo nos iremos pareciendo más y más a Jesús, llegaremos a identificarnos con el, hasta el extremo de que su camino sea nuestro propio camino.
IV DOMINGO DE PASCUA, EL BUEN PASTOR (JUAN 10, 1-10)

Lo que el Señor nos quiere decir es que Él no trabaja en serie, que cada uno de nosotros somos obra de artesanía sin moldes, que sí somos de verdad artículo exclusivo, que para Él no hay más que ése que soy yo.
Que Él nos conoce por nuestro nombre, reconoce de lejos nuestra cara, nos enmarca en nuestras propias circunstancias y se sabe de memoria nuestros problemas, no porque se los hayamos dicho muchas veces, sino porque Él es el único que no nos dice “eso es problema tuyo”, sino que nos dice “tus problemas son mis problemas”.
María Magdalena reconoció a Jesús junto al sepulcro en aquel hombre que ella creía era el jardinero, cuando Jesús la llamó por su nombre: “María”, porque Él sabe nuestros nombres y cuando estamos atentos también nosotros por el tono de voz. Como cuando nos llama por teléfono un amigo y no hace falta que nos diga su nombre porque el timbre de voz le reconocemos. “¡Oye, María!”. ¡Di, sí, Fernando!”. No hace falta nada más.
Para el Señor somos únicos irrepetibles, y tenemos un hueco en su corazón, que nadie puede ocupar, como cada hijo ocupa un lugar en el corazón de los padres y cuando ese hijo muere allí queda siempre vacío ese lugar.
Si es verdad que nadie es indispensable en este mundo, porque siempre habrá otro médico, otro empresario, otro sacerdote, otro Papa, pero como personas somos indispensables para Dios.
El Señor no se sienta a la mesa familiar si no están todos los suyos, para la alegría general cada uno es indispensable.
Hagámonos pastores, Sancho amigo, como lo es el Señor, que cada uno de los que nos rodean sean únicos, indispensables.
III Domingo de Pascua (Lc. 24, 13-35)

Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo, nos vence el cansancio, la desilusión, la desesperanza, el sentido de fracaso....También en muchas ocasiones hemos experimentado cómo Jesús no nos abandona, se acerca a nosotros como se acercó a los discípulos de Emaús: "Jesús en persona se puso a caminar con ellos". El quiere compartir nuestros problemas, quiere sacarnos de las tinieblas, quiere darnos una palabra de ánimo que aclare nuestras dudas: "Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura". Comprobamos entonces, como lo hicieron los de Emaús, que El es nuestra única esperanza. Jesucristo, el Señor resucitado, es el único que da sentido al misterio de la vida. Lo que entrega Jesús a los dos caminantes es algo más que un discurso, son sus gestos, su estilo y su talante lo que hace despertar a los discípulos.
¿Cómo podemos reconocer a Jesús? Este relato es una catequesis de cómo podemos llegar a tener una auténtica experiencia del resucitado. Lo encontramos en primer lugar en "la Palabra". Ellos comprendieron las Escrituras y se dieron cuenta de que ardía su corazón mientras les hablaba. Es meditando la Palabra de Dios y aplicándola en nuestra vida como podemos reconocer al Dios del Amor que Jesús nos anunció. En segundo lugar podemos encontrar a Jesucristo en la Eucaristía. A los discípulos de Emaús "se les abrieron los ojos y lo reconocieron.....y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan". Pero hay un tercer lugar de encuentro que los cristianos necesitamos recuperar: la comunidad. No se puede ser cristiano por libre, necesitamos la Comunidad para crecer como creyentes. Los discípulos de Emaús rectificaron su camino y volvieron a Jerusalén, "donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor". Tres lugares de encuentro y tres apoyos fundamentales para el cristiano: la Palabra, la Eucaristía y la Comunidad.
DOMINGO DE RAMOS (PASIÓN SEGÚN SAN MATEO 26, 14-27, 66)
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR! Promesa mesiánica felizmente cumplida lo que otros esperaron durante siglos, lo vimos y adoramos, pequeño en Belén, hombre y Dios
Dios y niño….y, hoy lo aclamamos de nuevo como Rey.
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Glorificamos tu santo nombre,meditamos tus Palabras, acogemos tus gestos seguimos tus senderos y los alfombramos de ramos, y palmas con vítores siempre nuevos. Pero ¿qué nos espera, Señor, en Jerusalén? ¿Días de vida o de muerte? ¿Dios derrotado o Señor que ha triunfado? ¿Horas de sufrimiento o de gozo? ¿Victoria o esclavitud? ¿Comprensión o traiciones? ¿Por qué te presentas montado en un asno cuando, como Dios que eres, podrías haber venido en brillante desfile real?
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Porque no haces alarde de tu divinidad porque disimulas tu gran majestad porque sabes que, a la vuelta de la esquina, se esconderán las palmas y los ramos y los cánticos, por cobardía, enmudecerán.
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Porque, humildemente, entraste en el mundo en la noche más silenciosa en Belén y, humildemente, quieres salvar al mundo entrando, pobre y sorprendentemente, en Jerusalén porque, una mula te dio aliento en la noche más fría de tu nacimiento y de nuevo, un asno, te sirve como apoyo compañero y amigo en tus horas grandes y amargas.
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
V DOMINGO DE CUARESMA (JUAN 11, 1-45)

Cristo es la Resurrección y la vida. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos dice que Dios nos dará la vida infundiéndonos su Espíritu. En la resurrección de Cristo se nos dio el Espíritu, por ello, san Pablo dice que si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucito de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Esto quiere decir, que el creyente debe afrontar la muerte con confianza en el Señor, el cual sabemos que nos ama y nos dejará en el sepulcro, sino que nos hará salir de nuestros sepulcros para darnos la vida plena en Cristo. Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí –dice Jesús- aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. La fe es la anticipación de esa resurrección escatológica que todos esperamos. Por eso desde la fe podemos y debemos vivir como resucitados en la vida nueva que Dios nos da. La esperanza cristiana de resurrección y vida perenne se vincula y fundamenta directamente en la resurrección de Cristo. Lázaro resucitó para vivir de nuevo esta vida y morir otra vez. Jesús en cambio. Venció definitivamente a la muerte y no abre las puertas de una nueva vida, plena y eterna, donde no hay ya más dolor ni muerte.
Gracias a Cristo resucitado el hombre es un ser para la vida. La vida y comunión con Cristo por la fe del bautismo y por los sacramentos de la vida cristiana alcanzan al hombre entero, cuerpo y espíritu, en esta vida y en la futura. Por ello el cristiano ya no entiende la vida y ni la muerte como hombres sin fe; para el creyente tiene un sentido nuevo. La muerte no será sino el paso a la plenitud de una vida iniciada ya ahora. El creyente se siente radicalmente libre y salvado por Cristo, liberado del pecado y su consecuencia, la muerte. Esta liberación no es de la muerte biológica, pues también Cristo murió, sino de la esclavitud opresora de la muerte, del miedo a la misma, del sinsentido y del absurdo de una vida entendida como pasión inútil que acaba en la nada. A la luz de la resurrección del Señor, el cristiano entiende y vivencia ya desde ahora, que la muerte física, inevitable a pesar de todos los adelantos de la medicina y de la apasionada y torturante aspiración del hombre a la inmortalidad, no es el final del camino sino la puerta que se nos abre a la liberación definitiva con Cristo resucitado. Gracias a Cristo resucitado el hombre no es un ser para la muerte sino para la vida con él, ya desde ahora y en el futuro. Pues nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Gracias a El, que es la resurrección y la vida, la última palabra no la tiene la muerte sin la Vida.
IV DOMINGO DE CUARESMA (JUAN 9, 1-41 )

Mientras yo estoy en el mundo Yo soy la luz del mundo. Ese “mientras” es un misterio. ¿Es que cuando Jesús nos deje todo va a volver a las tinieblas? ¿Aquellas tinieblas que cubrirán la tierra el Viernes Santo a la muerte del Señor, son barrunto de que con Él se va la luz de este mundo? ¿No hay una lógica conexión entre estas palabras y aquellas otras del Señor: “Vosotros sois la luz del mundo”? Mientras yo esté aquí yo soy la luz, pero cuando yo me vaya seréis vosotros la luz del mundo.
En medio de esta sociedad envuelta en tinieblas de hipocresía y mentira, tinieblas de codicia y drogadicción, tinieblas de corrupción y desenfreno sexual, ahí debemos ser cada uno de nosotros luz. No basta la denuncia, no basta lamentarse, porque más vale encender una cerilla que quejarse de la oscuridad.
--Seamos luz del ciego que tantea las tinieblas buscando un Dios que barrunta, aunque no ve.
--Seamos luz que lleve consuelo a las tristezas del enfermo, del anciano, de la viuda, del moribundo
--Seamos luz que purifique como el sol los ambientes enrarecidos por lo impuro, por la chabacanería sexual, por la denigrante esclavitud de la mujer.
--Seamos luz de esperanza para niños y jóvenes a los que amenaza engullir como monstruo sangriento esa tiniebla luminosa del placer, del dinero sin esfuerzo, del egoísmo brutal, de la mentira por norma.
Nosotros debemos ser luz del mundo mientras estamos en el mundo.
III DOMINGO DE CUARESMA (JUAN 4, 5-42 )

Dame de beber, Señor.- El pasaje de la samaritana es uno de los más ricos en contenido humano y teológico. Uno de esos momentos en que podemos contemplar a Jesús en su vertiente de hombre que, como los demás, se cansa y ha de sentarse, tiene sed y pide de beber, aunque se tratara de pedir a una mujer que, además, era samaritana, circunstancia que en aquel ambiente era denigrante. Él superó los prejuicios de su época, tanto los de tipo social como los de índole religiosa, y entabla una conversación sencilla, y profunda a la vez, con aquella mujer de pueblo cuya vida era un tanto irregular. Precisamente por ese motivo Jesús se ha dirigido a ella, pidiéndole no sólo agua sino también el desahogo de sus gozos y sus penas.
El Señor ha leído en su corazón, y ella reacciona con humildad y con admiración. No se irrita al verse descubierta. Simplemente reconoce que está delante de un hombre de Dios, delante de un profeta... Jesús la escucha y le responde con paciencia y claridad. Le hace comprender que lo importante en el culto que se ha de dar a Dios, no está en el lugar donde se le tribute, sino que lo principal es el modo como ese culto y adoración se realice. Ha de ser un culto que brote del interior del hombre, movido por la acción del Espíritu en lo más hondo de su ser... Un culto, por otra parte, que sea verdadero, sincero, leal, nacido de un corazón enamorado. Un culto, por tanto, que no se limite a la palabra o al rito, sino un culto que repercuta en la vida cotidiana, haciendo de cada acto, de cada latido del corazón, un sí rendido y gozoso al querer de Dios.
La samaritana escucha atenta sus palabras. Le cree y le pide de esa agua viva que quita la sed para siempre. Aunque aún no conocía el don de Dios, ya se lo pedía con fervor: Dame de beber, Señor, y apaga esta sed que me devora por dentro, y me hace buscar entre los hombres lo que sólo en Dios se puede encontrar. Es una oración que debe resonar en nuestro corazón, para que también nosotros, sedientos siempre, la repitamos a Dios. Sí, Jesús mío, dame de beber, que me muero de sed.
I I Domingo de Cuaresma (MATEO 17, 1-9)

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. El que los trabajos del evangelio sean duros no quiere decir que tengan que ser tristes o desagradables. Los trabajos del evangelio deben ser hechos siempre con amor y por amor, y lo que se hace con amor y por amor, aunque sea duro, resulta reconfortante. Como el trabajo de los padres cuando cuidan, alimentan y educan a los hijos. Los duros trabajos del evangelio a los que se refiere San Pablo estaban dirigidos a la proclamación e implantación del Reino de Dios en la tierra: la defensa de la verdad, de la justicia y de la santidad, tal como la había hecho, con su ejemplo y con su palabra, Jesús de Nazaret. Los cristianos no trabajamos sólo para nosotros mismos y para nuestra propia salvación. Tenemos la obligación de evangelizar el mundo, para que la verdad, la justicia y la santidad de Dios reinen sobre esta tierra en la que vivimos. Siempre, naturalmente, según las fuerzas que Dios nos dé.
Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Son los dulces y maravillosos momentos de Tabor que, alguna vez, todos tenemos en la vida. Pero son siempre momentos breves y fugaces. La felicidad, como la vida, es huidiza y camina siempre hacia delante, por un camino que tiene más momentos de pasión de los que quisiéramos. Es bueno buscar de vez en cuando estos breves y maravillosos momentos de Tabor, pero sin renunciar nunca a bajar después al llano y a caminar, con todas las fuerzas que Dios nos dé, por el duro, oscuro y rutinario camino de la vida. ¡A la luz por la cruz!, nos decían los antiguos maestros ascetas de la vida espiritual. A la resurrección por la pasión, nos dicen hoy a nosotros las lecturas de este 2 domingo de cuaresma. El Tabor es un monte muy alto al que sólo podemos ascender en momentos privilegiados; los demás días, casi todos, tenemos que conformarnos con caminar por un camino llano y dificultoso. Pero si sabemos caminar cada día con amor, esfuerzo y pasión, según las fuerzas que Dios nos dé, alcanzaremos la meta anhelada, que no es otra que la felicidad de la resurrección.
I Domingo de Cuaresma (Mt. 4, 1- 11)

Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras.
- El hambre, que simboliza todas las reivindicaciones del cuerpo.
- La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.
- La sed de poder, el terrible instinto de dominación.
La diferencia entre las tentaciones de Jesús y las nuestras es que donde nosotros sucumbimos, El triunfó. Para vencer, Jesús se apoya en la Palabra de Dios tomada del Deuteronomio. Durante el Éxodo el pueblo de Israel fue también tentado y se olvidó fácilmente de que Dios estaba con él. Jesús rechaza las tentaciones con frases tomadas del Deuteronomio. También nosotros podemos apoyarnos en la Palabra de Dios para rechazar la tentación. No confundamos la tentación con el pecado, es decir con la caída. La tentación en sí no es buena ni mala. Jesús también fue tentado, pero salió airoso de la tentación. También nosotros podemos hacerlo, pero necesitamos la ayuda de Dios. Si por debilidad humana pecamos, seamos humildes y reconozcamos con el autor del Salmo 50: “Misericordia, Señor: hemos pecado”. Pidamos que Dios nos conceda un corazón puro y que sintamos de verdad la alegría de la salvación.
Constatamos nuestra debilidad, pero también la ayuda de Dios. Desde el principio somos tentados y seducidos. Se multiplican las manzanas que nos engañan y corrompen: el poder, el tener, el placer. Hay una caída original, que nos lleva al pecado y la muerte. Todos pecaron, todos pecamos… La Buena Noticia es que Jesús también fue tentado y además nos enseñó a superar la tentación. Se hizo débil como nosotros para que seamos fuertes. Las tentaciones de Jesús se refieren a las actitudes mesiánicas, pues se le pide actuaciones gloriosas y triunfadoras. Pero Jesús reafirma su condición de Siervo. Nos salvará desde la Cruz. No todo es barro en nuestra naturaleza e historia. Hay también un soplo de espíritu. Y contamos sobre todo con la fuerza de la Palabra y el Espíritu. La Biblia abierta en el altar es un signo de que “nuestro alimento es la Palabra de Dios”, pues no sólo de pan vive el hombre.
Miércoles de Ceniza (MATEO 6, 1-6.16- 18)

La oración, el ayuno y la limosna son los instrumentos adecuados para vivir con intensidad la Cuaresma. La mejor manera de orar es hacer que la Palabra de Dios esté presente en nuestra vida. Necesitamos buscar momentos de silencio, de desierto interior, para encontrarnos con Dios. ¿Cuál es el ayuno que Dios quiere? Podemos ayunar también de todas las cosas que nos hacen perder el tiempo y disminuyen nuestra libertad: ayuno de televisión, de Internet, de tabaco, de materialismo…. La austeridad y el despego de las cosas materiales son un síntoma de que estamos en el camino del Evangelio. La palabra limosna está un poco devaluada. No se trata de dar unas monedas para tranquilizar nuestra conciencia sin sabe a quién se la damos ni si le hacemos bien al dárselas. Se trata de tener un espíritu solidario, de compartir lo que tenemos con los más necesitados.
La Cuaresma nos hace una llamada a la conversión, que es una “vuelta sobre nosotros mismos”. Es pararse para evaluar y reorientar nuestra vida. Si estamos alejados del plan de Dios, hemos de volver nuestros ojos hacia el Señor. La penitencia externa y la ceniza pueden ayudarnos, pero lo que importa de verdad es que se produzca en nosotros una auténtica “metanoia”, es decir un cambio de mente y de corazón. Si nos encontramos perdidos, insatisfechos, desanimados o vacíos es que nos falta algo. Es muy acertada la frase que se pronuncia sobre nosotros al recibir la ceniza: “Conviértete y cree el Evangelio”. Aquí está la clave: creer en el Evangelio y vivir el Evangelio, transformar nuestra vida según los criterios de Jesús de Nazaret. Es posible, estamos a tiempo….
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EL MIERCOLES DÍA 6 COMIENZA LA CUARESMA

El miercoles comienza la cuaresma y nos prepararemos con la imposición de la ceniza. Para facilitar la participación, este día, la Misa será a las 20:00h y una hora antes se podrá confesar todo el que lo desee.
IV Domingo del Tiempo Ordinario (MATEO 5, 1- 12a)

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Seguir a Jesús es obtener la felicidad plena. Frente a la felicidad artificial e incompleta que ofrece el mundo, Jesús nos promete y hace realidad en nosotros el Reino de Dios. Las Bienaventuranzas proponen un ideal de vida que, como todo ideal, es inalcanzable en su totalidad. Los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, los que son insultados o calumniados por causa de Jesús son felices porque Dios está con ellos, no porque en sí la miseria, el llanto o la incomprensión sean buenos. El cristiano no es un masoquista, sino que es haciendo el bien como encuentra la felicidad. Tenemos que estar alegres y contentos porque nuestra recompensa será grande en el Cielo. Pero no sólo se nos promete la felicidad futura, pues ya en este mundo somos felices. Bien decía Baden Powel, fundador del movimiento scout, que “la mejor manera de ser feliz es hacer felices a los demás”. En cambio, los satisfechos y egoístas son infelices, porque han puesto su confianza en sí mismos en lugar de ponerla en Dios. Jesús invierte el orden de valores de este mundo, lo pone todo al revés. Por eso su mensaje es revolucionario….Muchas veces se ha querido deformar u ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero sus palabras son claras, no hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera. Le criticarán, se meterán con él, será rechazado, pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. Muchas veces tendrá que ir a contracorriente por defender valores evangélicos que contrastan con los valores del mundo. Pero el cristiano debe ser consecuente y afrontar el riesgo que supone seguir a Jesús de Nazaret.
DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (MATEO 4, 12-23)

Jesús continúa llamando porque “la mies es abundante y los obreros pocos”. Son muchos los que padecen enfermedades del cuerpo y del espíritu, muchos que son prisioneros de sus esclavitudes personales, muchos los que se sienten abandonados. ¡Cuántos hombres y mujeres necesitan hoy ser rescatados por las redes liberadoras de Cristo! Dios no llama sólo una vez en la vida, su llamada se mantiene a lo largo de tu vida. Te puede llamar a través de los hermanos: son las mediaciones que utiliza para darnos a conocer su sueño. Hay vocaciones que han nacido y se han desarrollado a la luz de la realidad que nos interpela, o del ejemplo de personas de personas cercanas cuya vida nos “edifica”. En toda vocación hay mucho de búsqueda, pero en la mayoría de las vocaciones es Dios quien toma la iniciativa. Como a los apóstoles, El te dice “Ven y sígueme”. A continuación te señala la misión que has de cumplir, ¿cuál es la tuya? Hay vocaciones singulares de tipo social, político, sanitario o económico….Algunos son llamados a desempeñar un servicio especial en la comunidad eclesial como sacerdotes, diáconos o religiosos. Pero todos somos llamados y a todos se nos encomienda algún servicio. Pablo reconoce en la Primera Carta a los Corintios que El ha sido enviado no a bautizar, sino a anunciar el Evangelio. Pero hemos de anunciarlo dando un testimonio de unidad, pues no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Cristo crucificado. Hemos celebrado la semana de Oración por la unidad de los cristianos, culminada con la fiesta de la conversión de San Pablo. Que el testimonio del Apóstol nos anime a no cesar de orar para que sea una realidad el establecimiento del Reino de Dios, misión a la que Dios nos llama.
DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (JUAN 1 29- 34)

Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. El domingo pasado hablamos ya del bautismo del Señor. Hoy nos toca decir que, como personas bautizadas en el espíritu de Jesús de Nazaret, debemos hacer de nuestra vida un testimonio viviente de la bondad y de la grandeza de Aquel en quien hemos sido bautizados. Eso es ser discípulos, testigos, de Jesús: manifestar a todas las gentes su Espíritu, vivir guiados y gobernados por el Espíritu Santo en el que hemos sido bautizados.
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sean con vosotros. Pablo reivindica para sí el título de verdadero apóstol, llamado y enviado por el mismo Jesús de Nazaret para predicar la buena nueva, el evangelio, a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo. Él no conoció al Cristo de carne y hueso, pero en el camino de Damasco, escuchó su voz y su llamada. Desde entonces ya no es él el que vive en sí mismo, sino que es el mismo Cristo el vive en él. En nombre de este Cristo, de parte de Dios, desea a todos la gracia y la paz. Es este un buen deseo que debemos tener también nosotros para todo el mundo, en estos primero días del año 2008. ¡Cuánta paz y cuánta gracia de Dios hace falta al mundo en el que nosotros vivimos! Vamos a hacer el propósito de ser agentes de paz, repartidores de la gracia de Dios entre todas las personas a las que conocemos y con las que convivimos.
EL BAUTISMO DEL SEÑOR (MATEO 3, 13- 17)

El evangelista San Mateo nos dice a propósito de esta escena que Juan trató de impedir que Jesús fuese bautizado. Nosotros muchas veces también nos resistimos a un Dios así. Y esto es un profundo misterio. Puede entenderse que nos resistamos a hacer un gran esfuerzo o a privarnos de algo apetitoso. Pero ¿por qué resistirnos a ser amados? No tiene ningún sentido, y sin embargo, nos sucede. Abrimos la puerta del Reino cuando acogemos sencillamente el amor que viene de Dios. “Permítelo por ahora”, dice Jesús y convence a Juan. En otro lugar le dirá a Pedro, que no quería que le lavara los pies: “Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después” (Jn 13,7). Basta un “permitir por ahora”, un consentimiento provisional, un sí por frágil que sea. Jesús aclara a Juan la razón de su presencia en el Jordán: “está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. Es decir, nos anticipa lo que va a ser la justificación de toda su misión: hacer la voluntad del Padre. En el momento decisivo del Huerto de los Olivos y de la Cruz también aceptó la voluntad del Padre. Jesús es también uno de los nuestros, el Hijo del Hombre. Cristo hace posible que todo ser humano sin excepción pueda también ocupar su mismo lugar en esta escena del Bautismo.
Recordemos constantemente el compromiso de nuestro Bautismo. Nosotros ahora, aprendida la lección de Juan, queremos practicar todo eso para que el nuestro Bautismo sea algo vivo, y no un recuerdo muerto. En él se nos dio el Espíritu Santo, y Dios Padre nos ve tan bellos que sigue gritando sobre cada uno de nosotros, igual que cuando salimos de la pila bautismal: ¡Este hijo mío, esta hija mía que me encantan!.. Porque el prodigio que se obró sobre Jesús al salir del agua, se renueva continuamente en la Iglesia con cada candidato que nos bautizamos. ¿Qué espera Dios después? Ha dicho de nosotros, como de Jesús, que le encantamos, que somos su delicia. ¿Qué nos pide a cambio? Únicamente que nos mantengamos en esa vida divina que Él nos infundió, ¡que vivamos nuestro Bautismo!... Y lo vivimos con la fe, la oración, la esperanza, el amor hacia todo el que nos necesita y la justicia en nuestro actuar y en nuestro compromiso en la construcción de un mundo mejor. Sobre cada uno de nosotros ha bajado el Espíritu Santo y gozamos de la vida que el Padre da a los creyentes por medio de Jesús, el Redentor del hombre. Esta riqueza tan grande de dones nos exige una única tarea, que el apóstol Pedro no se cansa de indicar a los primeros cristianos, recordando que Jesús “pasó haciendo el bien”: construir la civilización del amor.
La Epifanía del Señor (MATEO 2, 1-12 )

También los gentiles son coherederos. De esta manera, la fiesta de la epifanía es también la fiesta de la catolicidad de la Iglesia de Cristo. Todos estamos llamados a formar parte del rebaño del único pastor, Cristo Jesús. Los católicos sabemos que somos hermanos de todas las personas del mundo, sin distinción de raza, ni de lengua, ni de color, ni de posición social. Nosotros queremos ser hermanos hasta de los que no quieran ser hermanos nuestros. Nuestras manos siempre estarán tendidas y nuestras puertas abiertas para que entre todo el que, con sincero corazón, busque la verdad y el verdadero rostro de Dios. Ser discípulo de Cristo es ser católico, es decir, ser universal, teniendo a Cristo como nuestro verdadero camino, verdad y vida.
La estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a posarse encima de donde estaba el niño. El mundo está lleno de pequeñas estrellas que quieren conducirnos hasta Dios. El problema es saber verlas y saber dejarse guiar por ellas. Herodes y los pontífices y los letrados del país no supieron ver la estrella que guiaba a los Magos porque tenían el corazón lleno de orgullo y los ojos sucios de ambición. San Agustín decía que a los ojos enfermos la luz les resultaba odiosa. Purifiquemos nuestro corazón y nuestra mirada, si de verdad queremos buscar y encontrar a Dios.
Santa María, Madre de Dios (LUCAS 2, 16-21)

En este primer día del año pidamos a la Reina de la Paz, a Santa María Madre de Dios, que no nos conformemos con ser pacíficos. Que trabajemos, además, por conseguir esa conciliación que es garantía de derechos y de vida, de futuro y de alegría. ¿Para qué un nuevo año si, del viejo año, seguimos arrastrando las antiguas guerras? Intentemos, de verdad, allá donde nos movamos –como decía San Francisco de Asís- ser instrumentos de paz, de perdón, de fe y de tantos valores que no están de vigentes, ni en la educación para la ciudadanía ni en otros tantos modales de muchos ciudadanos de a pie.
No quiero extenderme demasiado. Estamos celebrando con intensidad esta Navidad. Que no sean burbuja de una noche, los abrazos, los regalos, los besos o las llamadas o SMS por teléfono. Entre otras cosas porque, el día siguiente, el día que nos aguarda, la semana que viene, el mes que nos espera…pondrá al descubierto si –la última noche del año- estábamos movidos por la esperanza, animados por la copa o adornados por el celofán barato.
Que Santa María, la Madre de Dios, la que vivió con paz y en paz toda su existencia, nos acompañe en este peregrinar de 12 meses, de 366 días.
¿Que es difícil mantener el “tipo de la fe” “los deseos ofrecidos o recibidos” en la noche más veterana del año 2007? ¡Miremos a María! Con la Madre todo se puede. En la Madre siempre hay respuestas. No nos ha de faltar ni su mano, cuando la nuestra decaiga en su intento de alcanzar los buenos propósitos, ni tampoco su voz ni su protección cuando el desánimo salga a nuestro encuentro.
Y es que la paz y el año nuevo, ¡hay que decirlo alto y claro! serán realidades si nos dejamos llevar por la que supo mucho de paz y vivió como auténtica novedad y entusiasmo todo lo que Dios le puso al frente.
4º DOMINGO DE ADVIENTO (MATEO 1 18- 24)

A todos os deseo la gracia y la paz de Dios. San Pablo se dirige a los primeros cristianos de la ciudad de Roma, entre los que había muchos cristianos procedentes del paganismo. Nosotros, en este domingo, víspera ya de la nochebuena, deseamos esto mismo a todas las personas del mundo. Pablo fue elegido para anunciar la Buena Nueva a los gentiles, a los paganos. Hoy, de hecho, también nosotros vivimos entre paganos. ¿Cómo les estamos anunciando la Buena Nueva? Hoy quizá las palabras valgan poco, porque están muy devaluadas; debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo. Con una vida sobria y austera, anticonsumista, con una vida comprometida con la causa de los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.
Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. A un Dios salvador, es al que debemos anunciar nosotros, los cristianos, en estas vísperas de la Navidad. Un Dios que quiere que todos se salven, que busca siempre a la oveja perdida, que llama y perdona a los pecadores, que nos regaló a su Hijo para que nos diera a todos vida abundante. El Dios de la Navidad es un Dios salvador, porque, desde la fragilidad y desde la ternura, nos mostró a nosotros, pecadores, el rostro de un Padre perdonador, compasivo y misericordioso. A este Dios sí podemos y debemos nosotros imitarle, porque también nosotros, desde nuestra fragilidad y nuestra pobreza, podemos anunciar con nuestra vida la fuerza contagiosa e irresistible del amor.
3º DOMINGO DE ADVIENTO (MATEO 11, 2- 11)

La esperanza da vida. Necesitamos la fe para dar sentido a nuestra vida, pero sólo la esperanza puede darnos ánimo para seguir el camino. Sin ella nos falta la fuerza para mantener viva la ilusión. Somos salvados por la esperanza ha dicho el Papa Benedicto XVI en su segunda encíclica, una esperanza que es confianza en la salvación que llega. Vivir con esperanza no es ninguna utopía, nuestra esperanza está fundada en la fidelidad de Dios, que no puede fallarnos, porque es amor. Los cuerpos débiles, mutilados y dolientes son atravesados por la transformación radical de la esperanza. Pena y aflicción se alejarán para siempre, dice el profeta Isaías. El profeta anuncia la vuelta del exilio y el comienzo de los tiempos mesiánicos. Lo primero se produjo a partir del siglo VI a. C. con el rey Ciro de Persia, considerado el “Ungido” para muchos, que permitió el regreso de los repatriados y la reconstrucción de la religión judaica. Lo segundo sólo llegará con Jesús: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Es lo mismo que leyó Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Pero El añadió: “Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír”.
Esperar con paciencia .Juan es el mayor y el último de los profetas del Antiguo Testamento, no ha nacido de mujer uno más grande que El. Sin embargo, “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”. Dios prefiere a los pequeños, a los sencillos. Para penetrar y comprender esta lógica de Dios es necesario quitar tantos esquemas mentales adquiridos hasta hoy, aún por los hombres de Iglesia y por los creyentes más fervorosos. Cristo en el evangelio de este tercer domingo de adviento reserva especialmente una bienaventuranza al "que no se escandaliza de él" y de su estilo de vida y de opción. Los más cercanos a él por parentela o conocimiento "se escandalizaban por su causa", anota Mateo durante la visita de Jesús a Nazaret (Mt. 13, 57). Sin embargo, los pobres y humildes le reconocen y alcanzan la felicidad.
DÍA 8 "LA INMACULADA CONCEPCIÓN"

La Madre del salvador es también nuestra Madre porque su Hijo así lo quiso: "Ahí tienes a tu Madre". María no puede estar lejos de la mente y del corazón del cristiano, especialmente durante el tiempo de Adviento. La fiesta de la Inmaculada, al comienzo de este tiempo es un estímulo para nuestra "espera confiada". ¿Quién mejor que ella, que lo llevó en su seno, pudo esperar su venida? Ella, la Madre concebida sin pecado, nos invita a arrepentirnos, a desechar el mal y a hacer el bien para preparar el camino al Emmanuel. María tiene una misión importante en la Iglesia porque es Madre y modelo de la Iglesia. Nuestra devoción a María debe llevarnos a su Hijo Jesucristo: "Haced lo que El os diga". Todo lo que tiene, todo lo que es María le viene de Cristo. María es la primera cristiana, toda cristiana, hecha enteramente para Cristo. Por eso es la mujer del futuro, la humanidad del futuro, la nueva humanidad que siempre hemos soñado y que Dios mismo soñó. Pero esto sólo será posible si vivimos cerca de Dios, confiados y seducidos por su Amor, como María. Entonces reinará en todo el mundo otra vez la armonía y la paz.
DOMINGO Iº DE ADVIENTO (Mt. 24, 37-44)

Comenzamos un nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento. Hay dos mensajes fundamentales en la Palabra de Dios de este domingo: vivir la esperanza y estar preparados. Es tiempo de esperanza, porque a pesar de los pesares es posible un mundo nuevo. Para que hagamos posible la esperanza se nos pide una actitud de vigilancia y de atención. No debemos permitir que se embote nuestra mente con las realidades mundanas. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. Se nos hace una llamada a estar preparados. Pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, añádase a esto el tiempo en que vivimos adormilados y obnubilados. Nuestra mente está embotada por la rutina, la dispersión, el cansancio, el vacío…Debemos levantar la cabeza para poder observar la liberación que se nos ofrece. Los signos del pasado que nos presenta el evangelio de Mateo pueden asustarnos, porque a la hora que menos pensamos llega el Hijo del Hombre. Pero El no viene para condenarnos, sino para salvarnos. Algunos interpretan estos signos negativamente y anuncian catástrofes sin fin por nuestros pecados. Dios, en cambio, nos ofrece la liberación, quiere que tengamos la misma alegría que tenían los deportados de Israel cuando volvieron a su patria: ¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!.
ESTA TARDE COMIENZA LA NOVENA DE LA INMACULADA
A las 6:30 rezo del rosario y seguidamente la Santa Misa y novena. Al finalizar se cantará a la Virgen la Salve.DOMINGO XXXIV, CRITO REY

"Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Este es el Rey de los judíos" (Lc 23, 38)
La Solemnidad de Cristo Rey resume, centraliza, de alguna manera, todo aquello que hemos ido compartiendo con Jesús durante estos últimos meses. Sus palabras, sus hechos, su paso entre nosotros, sus indicaciones….no nos pueden dejar indiferentes. Hoy, ponernos frente a El, conlleva el sentirlo y situarlo en el eje de todo lo que somos y realizamos. ¿Es así? ¿Está Jesús en el núcleo de nuestra existencia y de nuestras decisiones? Nuestras actitudes y nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestros deseos ¿están orientados por la brújula de su Reino?
Seguir, a Jesús Rey, nos complica un poco la vida. El feudo del mundo es muy distinto al que Jesús nos propone, sugiere y anhela.
*En el dominio del mundo, las armas, suenan demasiado y se hacen de valer otro tanto. En el reino de Jesús, el amor vence sobre el odio y, la mayoría de las veces, no mete ruido.
*En los destinos del mundo, el poder y la ley, se imponen sobre la razón, e incluso, sobre la dignidad de las personas. En el reino de Jesús, la humildad, se ofrece como don y, el otro, es un bien sagrado.
*En el gobierno del mundo, el ser servido, se paga y se valora. En el reino de Jesús, el servir, no se recompensa. Se exige y...queda como huella impresa en la Vida Eterna.
*En la soberanía del mundo, lo externo, es esencial o decoroso. En el reino de Jesús, la sobriedad y la sencillez son sellos que llevan en su frente los amigos de Cristo.
DOMINGO XXXIII (Evangelio: Lc 21, 5-19)

“Alegraos, el Señor esta cerca”. Esta cerca el momento del encuentro definitivo de cada uno de nosotros con el Señor. Cuántos de esos seres queridos que convivieron con nosotros ya han llegado con el encuentro del Señor.
--El momento está cerca, el glorioso momento de conocer al Señor cara a cara, de ver la luz en su rostro. Es decir la sonrisa cariñosa del Señor sobre nosotros.
--El momento está cerca de que esa luz del Señor saque a flote lo que ya llevamos dentro de nuestro corazón, que se manifieste lo que somos: hijos verdaderos del Señor. Que nos invada esa vida eterna que llevamos dentro de nuestro corazón. Que se manifieste lo que somos, hijos verdaderos del Señor, que nos invada esa vida eterna que llevamos contenida en nosotros, vida eterna que nos da la Fe y la Eucaristía: “El que cree en Mí tiene vida eterna”. “El que come mi carne tiene vida eterna.
Vivamos alegres nuestra vida ordinaria. Perseverad porque el Señor esta cerca, muy cerca de cada uno de nosotros.
DOMINGO XXXI (La conversión de Zaqueo)

Evangelio según San Lucas 19,1-10.
Los publicanos eran recaudadores de impuestos. Roma no tenía funcionarios propios para este oficio, sino que los encargaba a determinadas personas de cada país. La tasa del impuesto la estipulaba la autoridad romana, pero los publicanos cobraban una sobretasa de la cual vivían. Esto se prestaba a injusticias y los publicanos se ganaban facilmente el odio de la población.
Todos en Jericó señalaban a Zaqueo: ¿cómo se convertiría un hombre de esta clase, acostumbrado a los negocios sucios? ¿Qué castigo le enviaría Dios?.
Pero el Evangelio nos dice que la preocupación de Zaqueo era otra. El intentaba ver a Jesús para conocerle, y no podía porque era pequeño de estatura. Pero su deseo es eficaz. Para conseguir su propósito se mezcla primero con la multitud y luego, dejando de lado la vergüenza y los respetos humanos, -lo que pudiera pensar la gente de su actitud- se sube a un árbol para ver al Señor.
No sólo los pobres son marginados, lo son también muchos ricos esclavizados por la riqueza y acosados por la conciencia.
Zaqueo era muy rico pero estaba marginado por la gente porque era cobrador de impuestos.
Esto lo hacía ser un pecador público en aquella pequeña ciudad de Jericó.
Además era muy bajo.., por eso se sube a un árbol para ver a Jesús.
Jesús alza los ojos y se hace invitar, y Zaqueo lo recibe contento.
Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con nuestra familia.
Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos necesidad de dar el primer paso. Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas. Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para servirle.
Cuando alguien recibe en su casa a quien más quiere, lo recibe con alegría, como Zaqueo a Jesús. Por eso en nuestro hogar, debemos experimentar la alegría de recibir a Jesús
Pero Zaqueo nos prueba que no bastan los buenos deseos para convertirse de veras a Dios. Hay que tomar decisiones y ponerlas en práctica.
Zaqueo había robado y promete devolver cuadruplicado a los que ha perjudicado, y del resto de los bienes dar la mitad a los pobres.
Zaqueo ha dicho sí al llamado de Jesús y ha recibido la salvación. En Zaqueo, surge un hombre nuevo y surge la necesidad de reparar el mal que se ha hecho.
Jesús también alcanza su salvación a los ricos, que muchas veces como Zaqueo, viven esclavizados por la injusticia. Allí también se necesita la salvación de Dios y Jesús la ofrece.
La actitud de Zaqueo es un ejemplo para nosotros que por encima de todo queremos ver a Jesús y seguirlo. Pero debemos examinar la intensidad de nuestro deseo de ver al Señor. El Papa Juan Pablo, al reflexionar sobre este evangelio decía que nos tenemos que hacer esta pregunta: ¿Quiero yo ver a Jesús? ¿Hago todo lo posible para poder verlo?.
Este problema, después de 2000 años, es tan actual como entonces, cuando Jesús atravesaba Jericó. Y es actual para cada uno personalmente: ¿verdaderamente quiero contemplar al Señor, o evito el encuentro con El?. ¿Prefiero no verlo o que El no me vea?...Y si lo vislumbro de lejos, ¿prefiero no acercarme mucho, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado... para no tener que aceptar toda la verdad que hay en El?
Tal vez nos sintamos un poco envidiosos de Zaqueo. Pero nosotros podemos recibir a Jesús en nuestra casa, gozar de su compañía, recibir sus consejos.
Cristo vienen a nosotros en la Sagrada Comunión y nosotros como Zaqueo tenemos que preparar nuestra casa para recibir bien al Señor.
Para preparar nuestra casa, recurramos frecuentemente a la oración, y a la lectura de la palabra de Dios, y por cierto, no desaprovechemos los sacramentos, que Cristo nos dejó para perfeccionar nuestra vida.....para preparar adecuadamente nuestra alma para hospedarlo.
EVANGELIO DEL DOMINGO XXIX (Lc 18, 1-8)

Se aparta de Dios quien no se une a él en la oración. Por tanto, lo primero que debéis aprender sobre la oración es esto: que hay que orar siempre sin desanimarse. Pues mediante la oración logramos estar con Dios. Y el que con Dios está, lejos del enemigo está. La oración es el sostén y el escudo de la honestidad, el freno de la ira, el sedante y el control de la soberbia. La oración es el sello de la virginidad, garantía de la fidelidad conyugal, esperanza de los que velan, fertilidad de los agricultores, salvación de los navegantes. Y pienso que aunque nos pasásemos toda la vida conversando con Dios, orando y dándole gracias, estaríamos tan lejos de recompensarlo como se merece, como si en ningún momento hubiéramos abrigado el propósito de remunerar a nuestro bienhechor.
El tiempo extenso se divide en tres partes: pasado, presente y futuro. En cada uno de estos tres tiempos se descubren los beneficios del Señor. Si consideras el presente, por él vives; si el futuro, él es para ti la esperanza de lo que esperas; si el pasado, no existirías si previamente él no te hubiera creado. Tu mismo nacimiento es un don divino. Y una vez nacido te ves rodeado de bienes, ya que, como dice el Apóstol, en él tienes la vida y el movimiento. La esperanza de los bienes futuros pende de la misma eficacia. Tú eres únicamente dueño del presente. Por eso, aunque te pases la vida entera dando gracias a Dios, apenas si cubrirás la gracia del tiempo presente: ya que en el entretanto eres incapaz de excogitar la manera de compensar las deudas del tiempo futuro.
Y nosotros, que tan lejos estamos de poder ofrecer una adecuada acción de gracias, no demostramos ni siquiera la gratitud de alma que nos es posible, pues no dedicamos a la llamada de Dios, no digo ya toda la jornada, pero es que ni una mínima parte del día.
No hay ningún sensato, dice la Escritura. Porque si realmente reflexionásemos sobre estas realidades, tributaríamos a Dios, a lo largo de nuestra vida, una acción de gracias continuada y asidua. En cambio, ahora una gran mayoría del género humano está totalmente absorbida por preocupaciones exclusivamente materiales.
Pero ha llegado el momento de considerar la sentencia relativa a la cantidad de palabras que, en la medida de lo posible, deben integrar la oración. Pues es evidente que, si diéremos con la fórmula adecuada de presentar la petición, nos sería dado conseguir lo que quisiéramos. Y ¿cuál es la normativa a este respecto? Cuando recéis —dice—no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso.
EL DÍA 2 DE NOVIEMBE, TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.

A las 09:30h. de la mañana celebraremos la Eucaristia por todos nuestros hermanos difuntos en la ermita de San Antón.
A las 18:00h. de la tarde volveremos a celebrar la Eucaristia por el descanso de nuestros difuntos en la Iglesia.
EL DÍA 1 DE NOVIEBRE CELEBRAREMOS LA EUCARISTIA EN EL CEMENTERIO A LAS 17:00h.
Conmemoraremos la fiesta de todos los Santos y rezaremos juntos por nuestros hermanos difuntos.MAÑANA DÍA 12 CELEBRAREMOS LA FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DEL PILAR. LA MISA DE LA PATRONA DE LA GUARDIA CIVIL SERA A LAS 12:30

Historia de la Virgen del Pilar
La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 AD), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.
Los documentos dicen textualmente que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso".
En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".
Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia
en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.
Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El mas antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.
Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, "donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente", cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.
La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar se halla tan arraigada entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia".
EVANGELIO DEL DOMINGO XXVII

Evangelio: Lucas (17,5-10): La fe, reto de la “confianza” en Dios
1. El evangelio de este domingo se toma de Lucas: un conjunto literario con dos partes: 1) el diálogo sobre la petición de los apóstoles para que aumente la fe de los mismos y la comparación con un pequeño grano de mostaza; 2) la parábola del siervo inútil. Lo primero que debemos considerar en este aspecto es que la fe no es una experiencia que se pueda medir en cantidad, en todo caso en calidad. La fe es el misterio por el que nos fiamos de Dios como Padre, ahí está la calidad de la fe; ponemos nuestra vida en sus manos sencillamente porque su palabra, revelada en Jesús y en su evangelio, llena el corazón. Por eso, la fe se la compara aquí con un grano de mostaza, pequeño, muy pequeño, porque en esa pequeñez hay mucha calidad en la que puede encerrarse, sin duda, el fiarse verdaderamente de Dios. Puede que objetivamente no se presenten razones evidentes para ello. No es que la fe sea ilógica, o simplemente ciega, es una opción inquebrantable de confianza. Es como el que ama, que no puede explicarse muchas veces por qué se ama a alguien. Por tanto, existe una razón secreta que nos impulsa a amar, como a creer.
2. La fe que mueve montañas debe cambiar muchas cosas. La comparación del que, por la fe, arranca una morera o un sicómoro y lo planta en el mar, da que pensar. ¿Qué sentido puede tener? Un sicómoro no puede crecer en el mar. En realidad es un símbolo de Israel y este no es un pueblo del mar; no hay tradición de ello. La frondosidad que tiene, como la de la higuera que protege con su sombra, es como un reto: son árboles de secano, de estío, protectores… pero no pueden estar en el mar, se pudrirían. Es un imposible, como un “imposible” es el misterio de la fe, de la confianza en Dios. Cuando todo está perdido, cuando lo imposible nos avasalla, “confiar en Dios” pone en entredicho una religiosidad de oropel, de cosas, de ritos, de ceremonias, de purificación. La fe es algo del corazón, donde está la sede de lo mejor y de lo peor en la Biblia. Por ello, tener fe, confianza, y pensar que una morera puede ser trasladada al mar y crecer allí es poner en entredicho la religión vacía. Sin la fe, la religión no lleva a ninguna parte. Y muy frecuentemente sucede que se tiene “una religión”, pero en ella no habita la fe. ¿Sera nuestro caso?
DOMINGO XXVI , LA MISERICORDIA DE DIOS

El evangelio (Mc 6,30-34) nos presenta dos partes de una única escena, en la que Jesús actúa con la misericordia y la solicitud de un pastor. En la primera parte, se presenta como “pastor de sus discípulos” (vv. 30-32); en la segunda, como “pastor del pueblo sufriente” (vv. 33-34).Jesús es “pastor de sus discípulos” (vv. 30-32). Después de la misión, “los apóstoles se reunieron con Jesús” (v. 30), como las ovejas en torno al pastor. Le cuentan todo lo que han “hecho” y lo que han “enseñado” (v. 30). Hay mucho que contar y compartir, pero el tiempo es poco y la gente que los sigue es siempre tanta (v. 31b: “eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer”). Entonces Jesús mismo decide: “Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco” (v. 31a). Él había tomado la iniciativa de enviarlos en misión, ahora se adelanta para invitarlos a descansar. Quiere escucharles a solas, estar con ellos, compartir con aquellos que ha elegido “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Los convoca antes y después de la misión. Primero los envía a los pueblos vecinos; ahora, se va con ellos, “en la barca”, “a un lugar desabitado” (v. 32). Los reúne no para que le rindan un informe de lo realizado, sino para reforzar los lazos de amistad y de afecto. Jesús es, para los discípulos, Maestro y Pastor. Los educa y los envía en misión, pero también les ofrece el apoyo y la acogida que necesitan, les invita a reposar y les ofrece la gracia de su intimidad.Jesús es “pastor del pueblo sufriente” . La segunda parte del texto relata un elemento imprevisto, que interrumpe el reposo de los apóstoles con Jesús: “los vieron alejarse y muchos, al reconocerlos, fueron allá por tierra desde todos los pueblos... Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” . Jesús ve a aquella gente cansada, que lo ha seguido desde muchos pueblos para escucharlo, y “sintió compasión de ellos” . Marcos no nos dice nada sobre las expresiones exteriores que pudieron hacer visible la misericordia de Jesús, sino que nos describe su corazón de pastor delante del hombre adolorido y oprimido. La compasión de Jesús-Pastor es la encarnación de la piedad y del amor de Dios hacia su pueblo. Una compasión infinita, inconmensurable.Es importante notar en el texto la descripción de la experiencia de Jesús delante de la gente: primero las ve, luego experimenta compasión en su interior y, finalmente, actúa. Un proceso que se puede resumir con tres verbos: Ver la realidad, sentir compasión de los otros y actuar en su favor. El último momento del proceso es la acción: “Jesús se puso a enseñarles muchas cosas”. Jesús es el Pastor de su pueblo ante todo porque le ofrece el alimento de su palabra y lo nutre con el evangelio de la esperanza.La Iglesia puede sacar tres lecciones de las lecturas bíblicas de hoy: (1) La obra de Jesús, que la comunidad cristiana debe continuar, es una obra de justicia, es decir, de salvación integral, espiritual, social y física del hombre; (2) La misión de la Iglesia en el mundo debe ser una misión de paz, de unidad y de amor, superando siempre la tentación de olvidar a los alejados, de cerrarse ante los retos nuevos o de ser intolerante frente a los de fuera; (3) La Iglesia, como Jesús, debe ofrecer a los hombres un espacio de reposo y de paz, a través de la experiencia de la oración profunda y de la liturgia viva,; al mismo tiempo que, a imagen de Cristo, debe saber actuar con misericordia y con compasión delante de toda miseria humana.
DOMINGO XXV (La codicia es un saco sin fondo) Lc 16, 1-13

Las lecturas de este domingo XXV del tiempo ordinario nos ponen delante el tema del dinero y las riquezas. ¿Es malo tener cosas, tener dinero?, ¿Los ricos son malos?. ¿No dice la segunda lectura que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad?, ¿Por qué condenar entonces las riquezas y a los ricos?. El mensaje del evangelio es difícil de entender y de vivir en una sociedad como la nuestra en la que manda la economía, por encima de las ideas políticas parece que siempre hay motivos económicos. “Respiramos este ambiente” y llevamos en la médula que lo más importante es el dinero. ¿Por qué el evangelio condena la riqueza y a los ricos: “Ay de vosotros los ricos porque ya tenéis vuestro consuelo”? (dice Lucas en sus malaventuranzas). Está claro que se condena la riqueza injusta que se tapa con gestos religiosos, como dice la primera lectura: “¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano?. Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo”. Pero, ¿y la riqueza heredada o ganada con el propio esfuerzo?, ¿Por qué no se puede servir a Dios y al dinero? Todos tenemos cierta inseguridad que procuramos tapar teniendo cosas. Los bienes de algún modo cubren esa inseguridad. Fijaos en una persona mayor que piensa que no va a tener para vivir, como aumenta esa inseguridad. Pues bien, la riqueza, el dinero, desencadena un mecanismo en la fantasía pensando que en los bienes vamos a encontrar esa seguridad, pensamos que cuanto más tengamos más seguros vamos a vivir; pero resulta que la codicia es una saco sin fondo que nunca se llena. Siguiendo este mecanismo fantasioso de pensar que vamos a encontrar esa seguridad en las riquezas, conduce a la autosuficiencia, a no necesitar de Dios ni de los demás. Por esto es por lo que se condena la riqueza y a los ricos en el evangelio, porque creen que con su riqueza ya no necesitan a Dios. Frente a los ricos, Dios ensalza a los pobres. Repetimos en el salmo responsorial: “Alabad al Señor, que ensalza al pobre”, porque el pobre vive necesitado de los demás y de Dios. Puede encontrar la seguridad que busca en Dios y no en las riquezas. Frente a servir al dinero, Jesús pone el servir a Dios; es decir, en vivir, no desde los valores de un mundo capitalista que crea paro, pobreza y marginación, sino desde los valores de Dios, del evangelio: desde la solidaridad, la fraternidad, la justicia,... Mención especial hay que hacer de la parábola del administrador infiel (que en el evangelio de este domingo se puede leer o no, según cada comunidad). El administrador infiel del evangelio es denunciado por derrochador; es decir gastaba de más y sin necesidad. Era mal administrador, pero sin hacer desfalcos, robos, apropiaciones indebidas... Viendo su despido, decide rebajar la deuda de los deudores de su amo, para luego ser recibido por ellos, y su amo felicita su astucia. La astucia no es robar a su amo, sino que el administrador cobraba con un tanto por ciento, que le correspondía como salario; por tanto lo que rebaja de la deuda es lo que le corresponde a él mismo. Esta parábola no alaba ninguna inmoralidad, ni ningún mal proceder con buena intención. No está permitido hacer un mal para conseguir un bien. ¿Dónde buscamos la felicidad en Dios o en el dinero? ¿Dónde la encontramos en Dios o en el dinero?. Quizá tenemos experiencia de buscar la felicidad en muchas cosas, pero, probablemente, sólo tengamos la seguridad de encontrarla en Dios. ¡Que el Señor nos haga pobres necesitados de Dios y de los demás y nos haga vivir desde sus valores!.
EVANGELIO Y REFLEXIÓN PARA ESTE DOMINGO

Texto del Evangelio (Lc 12,32-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».
REFLEXIÓN:
Hoy, el Evangelio nos recuerda y nos exige que estemos en actitud de vigilia «porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40). Hay que vigilar siempre, debemos vivir en tensión, “desinstalados”, somos peregrinos en un mundo que pasa, nuestra verdadera patria la tenemos en el cielo. Hacia allí se dirige nuestra vida; queramos o no, nuestra existencia terrenal es proyecto de cara al encuentro definitivo con el Señor, y en este encuentro «a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12,48). ¿No es, acaso, éste el momento culminante de nuestra vida? ¡Vivamos la vida de manera inteligente, démonos cuenta de cuál es el verdadero tesoro! No vayamos tras los tesoros de este mundo, como tanta gente hace. ¡No tengamos su mentalidad!
Según la mentalidad del mundo: ¡tanto tienes, tanto vales! Las personas son valoradas por el dinero que poseen, por su clase y categoría social, por su prestigio, por su poder. ¡Todo eso, a los ojos de Dios, no vale nada! Supón que hoy te descubren una enfermedad incurable, y que te dan como máximo un mes de vida,... ¿qué harás con tu dinero?, ¿de qué te servirán tu poder, tu prestigio, tu clase social? ¡No te servirá para nada! ¿Te das cuenta de que todo eso que el mundo tanto valora, en el momento de la verdad, no vale nada? Y, entonces, echas una mirada hacia atrás, a tu entorno, y los valores cambian totalmente: la relación con las personas que te rodean, el amor, aquella mirada de paz y de comprensión, pasan a ser verdaderos valores, auténticos tesoros que tú —tras los dioses de este mundo— siempre habías menospreciado.
¡Ten la inteligencia evangélica para discernir cuál es el verdadero tesoro! Que las riquezas de tu corazón no sean los dioses de este mundo, sino el amor, la verdadera paz, la sabiduría y todos los dones que Dios concede a sus hijos predilectos.












